Norteamérica conservadora
Por Guy Sorman
Para LA NACION
Miércoles 2 de enero de 2008
PARIS
El dólar, Irak, la seguridad social, el colapso del crédito
inmobiliario, el cambio climático, Irán... Nada de esto –que,
visto desde afuera, parece constituir una especie de crisis
norteamericana– decidirá las próximas elecciones presidenciales en
los Estados Unidos. Tanto en las primarias como en las generales, el
resultado dependerá, ante todo, de la moral, de la religión y de la
psicologÃa de los candidatos.
Todos practican una religión o lo simulan. En los demócratas, la
devoción es más Ãntima; en los republicanos, ostentosa. Mitt
Romney es mormón, ¿será suficientemente cristiano? Huckabee es
pastor bautista y, por ende, un candidato creÃble. Pero se sospecha
que, tanto él como Hillary Clinton, han aceptado regalos: ¿es
moralmente correcto? Barak Obama, con semejante nombre, ¿no será un
poquito musulmán? Por suerte, un pastor garantiza su fe cristiana.
Rudolf Giuliani se casó tres veces, pero jura ser un marido fiel de
aquà en más. El presidente de los Estados Unidos podrá ser de raza
negra o sexo femenino, pero ¡jamás ateo! Otro detalle importante: no
debe ser de izquierda. Si bien no existe un Partido Socialista, todos
los demócratas tienen que defenderse del mote de "liberales". En
Estados Unidos significa lo contrario que en Francia y es tan ofensivo
que se menciona tan sólo por su inicial. "Ser L" implica pensar que el
Estado resolverÃa los problemas socioeconómicos mejor que la
economÃa de mercado y la responsabilidad individual, cuando el
verdadero problema (Reagan dixit) es el Estado, es Washington. Quien
pretenda acceder a Washington debe oponerse a Washington.
El pacifista es tan suicida como el L. Por tanto, el candidato será un
adalid creÃble que inspire confianza en las tropas. El único
pacifista declarado, Ron Paul, pasa por extravagante, desviación que
compensa con una pasión desmedida por el capitalismo. Del lado
republicano, el aire marcial sienta bien a John McCain, héroe de
Vietnam, y Giuliani es el héroe del 11 de Septiembre. Entre los
demócratas, Hillary Clinton lo cultiva borrando su femineidad y
recorriendo el frente. El observador europeo que busque una izquierda
norteamericana sólo encontrará un puñado de antiimperialistas en
Nueva York (en el Upper West Side de Manhattan) o en algunos campus. Por
eso, desde afuera, las semejanzas entre los candidatos resultan más
obvias que sus diferencias. Para todos ellos, Estados Unidos tiene un
destino manifiesto cuasi mÃstico. Todos dialogan con Cristo. Todos
consideran que el capitalismo norteamericano es insuperable. Ninguno
contempla un retiro del mundo económico o militar. Sobre esto no cabe
duda alguna: el corazón de los Estados Unidos sigue siendo conservador
al estilo Reagan. Un presidente demócrata será menos conservador que
uno republicano, pero se mantendrá dentro del cuadrado mágico
trazado por Reagan en 1980: moral, mercado, activismo militar y un
Estado pequeño.
En cuanto a Irak, sólo Obama lamenta el envÃo de tropas y desea su
pronto retiro, eso sÃ, para reforzar la posición en Afganistán.
Ningún otro candidato serio imagina una partida de Medio Oriente,
menos aun cuando, en Bagdad, la suerte parece inclinarse en favor de
Estados Unidos. Además, a ojos del telespectador norteamericano, Irak
está bastante lejos y es un asunto para profesionales. El seguro de
salud es una cuestión más inmediata, aunque no por ello central.
Decenas de millones de norteamericanos carecen de él (se atienden en
los hospitales). Los dos partidos proponen una mejor cobertura, siempre
y cuando no sea centralizada ni estatal. Nadie querrÃa un monopolio
público. La libre elección y la privatización persisten como
normas insoslayables. La misma prudencia se aplica al crédito
inmobiliario. Unos pocos millones de familias demasiado endeudadas
habrán perdido su hogar, pero importa más mantener el acceso a la
propiedad para la mayorÃa. Ningún candidato atacarÃa ese sueño.
Pasemos a los temas que verdaderamente irritan y enfrentan a algunos
norteamericanos: el aborto, el derecho a portar armas, la pena de
muerte, la inmigración.
Es un ejercicio de equilibrismo para todos los candidatos. Los
demócratas se inclinan por la libre elección para la mujer, el
control de las armas personales y la abolición de la pena capital,
aunque en forma moderada: se remiten de buena gana a la sabidurÃa de
la Suprema Corte y la responsabilidad local de los estados. Los
republicanos pujan por ver quién condena más el aborto en las
primarias. Frente al electorado nacional, caminan sobre la misma cuerda
floja que sus adversarios, confÃan en los jueces y estados, y esperan
que se inclinen hacia la derecha.
En materia de inmigración, entra a tallar la aritmética electoral.
Desde Reagan en adelante, los republicanos han sido más acogedores que
los demócratas, porque son más individualistas, o bien, porque
están más atentos a la necesidad de mano de obra. Los demócratas,
más cercanos a los sindicatos, son prudentemente restrictivos. En las
urnas, los latinos pesan más que los xenófobos y los electorados
fronterizos hostiles a la inmigración clandestina desde México. La
misma aritmética acerca a los candidatos frente a la globalización y
los productos chinos: los empleos perdidos cuestan votos, pero los
consumidores de los supermercados aportan más. ¿Y el cambio
climático? La mayorÃa del pueblo no cree en él, salvo los
californianos, siempre en la vanguardia o siguiendo la moda. Quienes le
temen son menos que quienes rechazan un impuesto a la energÃa, aunque
sea para salvar el planeta. Ni Clinton ni Bush hicieron ratificar el
Protocolo de Kyoto por el Senado; lo sabÃan unánimemente hostil.
Apuesto a que el próximo presidente confiará en el avance técnico
–el credo norteamericano– antes que aceptar la coacción
internacional.
No me he referido a la economÃa porque, en los Estados Unidos, no es
un tema polÃtico. No existe un Ministerio de EconomÃa. La nación
se encomienda al mercado y sus instituciones. Las controversias se
limitan a la redistribución del crecimiento. Los demócratas están
dispuestos a gravar a los multimillonarios, sin caer en excesos. Saben
que los capitales y los presidentes de empresas son volátiles. Resulta
inconcebible que los votantes deban arbitrar entre programas tan
matizados. La personalidad de los candidatos será decisiva. El
carácter y la psicologÃa importarán más que la economÃa o la
guerra, como en un reality show en escaLA NACIONal. ¿El mundo
deberÃa inquietarse por esto? En cierto modo, el presidente de los
Estados Unidos también preside a otros pueblos. La prosperidad, la paz
y la libre circulación dependen del curso del dólar, del mercado
norteamericano, de la presencia militar norteamericana, ese gendarme
planetario. Pero el resultado de las elecciones ¿será decisivo? La
Casa Blanca es básicamente un sistema autogerenciado. Las
instituciones norteamericanas son más duraderas que el piloto.
Las elecciones de 2008 no prefiguran una mutación comparable a las de
1932, con el New Deal, o la de 1964, con la Gran Sociedad de Johnson, ni
a la Realpolitik de Nixon en 1968. La revolución conservadora de los
ochenta todavÃa no ha perdido impulso. Y todavÃa no tiene
alternativas.
(Traducción Zoraida J. Valcárcel)