La prensa internacional ocupa homéricos espacios sobre “el grave
problema de los balseros cubanos”, pero nadie presta atención al drama
gigantesco de miles de ciudadanos dominicanos y haitianos, que se
embarcan en endebles yolas para atravesar los ciento sesenta
kilómetros del inclemente Estrecho de Mona, con la ilusión de arribar
a Puerto Rico, la entrada al mundo que los ignora.
A partir de la ruptura de relaciones diplomáticas entre los Estados
Unidos y Cuba el 3 de enero de 1961, y declaración del carácter
Socialista de la Revolución, el 16 de abril de 1961, Washington
estableció un sinnúmero de estrategias con las que intenta, desde
entonces, derrocar el gobierno revolucionario del comandante Fidel
Castro. A más de cuarenta y cinco años de la Revolución Cubana,
pareciera ser que la política anti-cubana se puede contabilizar como
uno de los más estridentes fracasos de las administraciones
norteamericanas, quizás solapado, pero tan rotundo, como los
infortunios en Vietnam e Irak.
Entre las medidas que se tomaron para generar inestabilidad en la
sociedad cubana, el congreso norteamericano aprueba el 2 de noviembre
de 1966, la Ley 89-732, "The Cuban Adjustment Act", en español "Ley de
Ajuste Cubano", que permite al Fiscal General, "a su discreción y
conforme a las regulaciones que el pudiera prescribir", ajustar el
status inmigratorio que tenían los refugiados cubanos que se
encontraban en los Estados Unidos al de residentes permanentes.
Al extender la vigencia de la Ley sin límite hacia el futuro, después
de haber roto las relaciones diplomáticas el 3 de enero de 1961,
Estados Unidos suspende el otorgamiento de visas y prohíbe viajar
normalmente entre ambos países, solo con el fin de alentar a los
ciudadanos cubanos a emigrar ilegalmente por la vía marítima. Quienes
lo intentan, cuentan con la activa cooperación de las autoridades y
del servicio de la Guardia Costera norteamericana, que recoge a cuanto
viajero cubano halle en las aguas, para trasladarlos a territorio
norteamericano, y otorgarles el status de “residente permanente”.
Fortuna a la que no pueden aspirar los cientos de miles de mexicanos y
centroamericanos que cada año intentan ingresar a los Estados Unidos
vía terrestre, sembrando de cadáveres el desierto.
Los Estado Unidos cuidan prolijamente de la prensa, los números de
muertos entre estos emigrantes, pero destaca en primera plana, cada
cubano que llega o muere al intentar abandonar la isla, utilizándolos
vivos y muertos como propaganda, contra el gobierno de la isla, a la
que se destinan ingentes esfuerzos y miles de millones de dólares.
Cada cubano que se lance en una balsa al mar, rogando a Yemayá, lo
deposite en alguna playa de La Florida, o en la borda de alguna nave
del Servicio de Guardacostas de los Estados Unidos, será utilizado
como elemento de desprestigio a la Revolución Cubana. Cada aparición
de una de estas balsas en el horizonte de la política anticubana, es
festejada como un gran logro para tanto infructuoso desvelo.
En el universo náutico de los exiliados, profugazos o inmigrantes
ilegales, a los balseros cubanos, apenas le compiten en centímetraje
periodístico, las pateras que cruzan el estrecho de Gibraltar llegando
de África.
Pero otros navegantes, cruzan, no muy lejos de las rutas de las balsas
cubanas, en endebles y pequeñas embarcaciones de madera llamadas
yolas. Cientos de dominicanos y haitianos, cargados de angustia y
desesperación, absolutamente olvidados, se lanzan en yolas con
capacidad para 20 ó 30 personas, pero los traficantes cargar con más
de 100, estos botes pueden alcanzar la costa de Puerto Rico en solo
ocho horas, donde el futuro parece tener algo más que marginación y
pobreza.
La sociedad dominicana ha venido atravesando por un delicado proceso
de disolución, el cual se observa a través del éxodo masivo hacia el
exterior, como sea y en lo que sea.
Desde los años ochenta se han popularizado cruzar en cualquier tipo de
naves el Canal de Mona, llamado así por una pequeña isla, que se
encuentra equidistante entre las dos antillas. El Canal separa las
costas de Quisqueya, el verdadero nombre de la isla, también conocida
como La Española, que hoy alberga a las Repúblicas de Haití y
Dominicana, de la isla de Boriquén, el nombre original de Puerto Rico,
quién tiene estatus de Estado de la Unión.
El Canal posee entre ciento veinticinco, y ciento sesenta kilómetros
de ancho, con corrientes marinas de hasta cinco nudos, olas de seis
metros y rachas de vientos que alcanzan los 60 nudos. En el canal se
arman tormentas tan veloces como contundentes y es un santuario de
tiburones. Allí se encuentra uno de los abismos más profundos del
planeta, la Fosa de Milwaukee, 8.648 de profundidad, y en esa
depresión existe una gran actividad volcánica.
Los cronistas de Indias registran en el Canal de Mona el primer gran
naufragio de los españoles, veinticinco carabelas, de una armada de
treinta y dos, entre ellas el buque insignia El Dorado, cargadas de
metales preciosos en julio de 1502.
El sísmico mapa político de Dominicana, prácticamente no ha conocido
sosiego desde que en 1492 Colón y sus hombres desembarcaron en sus
playas, ya en 1502 fray Nicolás de Ovando llevó a la isla dos mil
españoles que causaron la devastación de las fuentes alimenticias de
los naturales. Lo que terminaría con la conquista española y la
exterminación de la Tainos y Aruacos, habitantes originarios de
Quisqueya, más tarde en 1672, en la parte oeste de la isla, Francia
funda Saint Domingue, que se convertiría en 1804 en Haití, primera
república de América. En el año de 1822, República Dominicana, se
declara independiente de España, pero Haití invade su territorio y la
ocupa hasta 1844. Sin destino, Dominicana, acepta el retorno colonial
de Madrid desde 1861 a 1864. Un larga serie de guerras civiles
finalmente terminarían con la dictadura de Ulises Hereaux, la cual
provocaría la invasión norteamericana de 1916, los que se retiraran
dejando nada menos que a patético Rafael Leonidas Trujillo desde 1930
a 1961, al que le continuará su mayordomo Joaquín Balaguer, luego de
la recordada invasión norteamericana en abril de 1963, a la que le
siguen una serie de gobiernos débiles y corruptos, adictos a políticas
neoliberales que como una huracán se batieron sobre el continente
generando más pobreza todavía.
Toda esta inestabilidad política y económica ha lanzado históricamente
al pueblo dominicano a buscar su felicidad en otras patrias, dos
millones quinientos mil dominicanos han emigrado en los últimos
cuarenta y dos años.
Las estadísticas del Servicio de Guarda Costa entre los años 1995-2004
dan datos contundentes sobre los intentos de inmigrantes ilegales que
fueron interceptados por esa fuerza 19.953 dominicanos, y 14.956
haitianos, frente a los 8.675 cubanos, quienes fueron amablemente
cobijando en el marco de la Ley de Ajuste, poco sabremos de los casi
treinta y cinco mil almas que las actuales leyes norteamericanas
equiparan con peligrosos terroristas internacionales.
En las míticas yolas caribeñas (barcazas, muchas veces artesanales),
estos emigrantes intentan alcanzar las costas de Puerto Rico, sin
importarles que varios cientos, se reporten anualmente como ahogados,
devorados por tiburones o desaparecidos. Se estima que solo el treinta
por cientos de los que se lanzan a la aventura, logran alcanzar Puerto
Rico, donde deben mantenerse a buen recaudo de la Patrulla de
Fronteras.
El panorama económico de Dominicana es tenebroso, la asunción del
presidente Leonel Fernández en agosto de 2004, quien ya había
gobernado entre 1996 y 2000, lo enfrentó a un país desbastado: la tasa
de inflación a esa altura del año alcanzaba el 32%%, el desempleo se
estima en más de un 20%% y el peso frente al dólar llevaba perdido la
mitad de su valor. El servicio eléctrico sufre cortes diarios, algunos
de veinte horas.
Más de la mitad de los ocho millones de habitantes de la República
Dominicana son víctimas de una profunda crisis económica, inflación, y
niveles de desnutrición desconocidos con anterioridad. Las opciones
son escasas: delinquir o emigrar.
Entre quienes se van, Puerto Rico es el destino más cierto, ya que se
habla español, la economía esta subsidiada por el gobierno Federal
norteamericano, hay posibilidades de empleos, particularmente en áreas
de servicios, su acceso aunque peligroso es factible, y finalmente
Puerto Rico es para ellos la puerta a Estados Unidos, particularmente
a Nueva York, quién se ha convertido en la segunda ciudad dominicana,
después de su capital Santo Domingo.
En Puerto Rico vive alrededor de 300.000 dominicanos, la mayoría
indocumentados, que consiguen enviar a sus familiares entre 50 y 300
dólares mensuales. En los Estados Unidos, viven más de un millón
doscientos mil, de los cuales, un treinta por ciento lo hace de manera
ilegal.
Las tarifas para poder abordar unas de estas yolas, siempre pintadas
de azul para no ser detectada desde el aire, son tan variadas como los
servicios que incluyen por 1.100 dólares, se consigue una lancha de
fibra de vidrio con dos motores, que en seis horas arriba en Boriquén.
Pero lo precios varían desde 700 a 6.000 dólares, los más económicos
solo completa una aproximación a la costa, donde el viajero se tendrán
que lanzar al agua y nadar los últimos metros hasta la playa, por esos
se les dice “mojaditos”. Pero las opciones más caras incluyen
alojamiento en una casa segura en la ciudad capital San Juan, muchas
se han detectando en el barrio de Santurce; provisión de pasaporte
falso y un pasaje de avión a Nueva York, siendo acompañado por los
traficantes, hasta el propio aeropuerto para evitar la requisitoria de
los agentes de inmigración.
Pero se han detectado traficantes que no cumplen con lo pactado, como
muchos de los candidatos a emigrantes son campesinos y también
haitiano semi-analfabetos, que ignoran donde son llevados, luego de
embarcarlos en algún punto secreto y de pasearlos unas cuantas horas
por el mar, son abandonados en Boca Chica, la playa más popular de
Santo Domingo, si tienen suerte, a otros los han dejado en islas como
Cayo Levantado o la propia isla de Mona.
Pero un viaje real puede ser largo y peligroso, según la embarcación y
el estado del mar dura en general cuarenta y ocho horas, se sale al
anochecer, navegando todo el día siguiente y llegando al atardecer de
tercer día, suelen en muchos casos dejarlos a poca distancia de la
costa, o en desembocaduras de ríos o manglares, particularmente estos
tienen un difícil acceso por vía terrestre, aunque siempre se puede
contar con la corrupción de las autoridades.
Los viajes parten desde pequeñas poblaciones dominicanas como la
Romana, San Pedro de Macorís, playa Capitán de Sabana de la Mar, Los
Cacaos, Miches, Boba, Baoboa y Puerto Plata.
Ya existe una verdadera red del transporte de ilegales, que involucra
desde dueños de astilleros clandestinos, donde las yolas son
fabricadas y alistadas. A redes perfectamente organiza en complejas
ramificaciones, que controlan un negocio que se va haciendo
millonario, donde se involucran a autoridades de ambas márgenes del
estrecho.
El gobierno dominicano ha implementado una campaña publicitaria Los
viajes ilegales son viajes a la muerte en la que el cantante Juan Luis
Guerra, aparece en un spot televisivo, para desanimar a los viajeros,
pero la campaña no ha dado resultados.
Los relatos de los sobrevivientes de esta experiencia suelen se
escalofriantes, sin bien la peligrosidad del mar en el estrecho,
sumados los tiburones y la precariedad de las yolas podrían ser
suficiente, la excitación, el nerviosismo y el hacinamiento, conforman
verdaderos cócteles del infortunio: Se han descubierto embarcaciones
de 12 metros de eslora trasportando ciento setenta pasajeros, la falta
de agua y comida provocan motines que han terminado en catástrofes.
Los relatos hablan de yolas que han permanecido doce días a la deriva.
Lo que provocó la muerte de más de la mitad de los ochenta viajeros.
Una mujer relata que partiendo desde Nagua, junto a setenta y ocho
personas, luego de romperse la brújula, quedaron tres días perdidos en
alta mar, donde fallecieron cuarenta personas aproximadamente.
Los relatos se multiplican, pero también se asemejan, agregando cuotas
de dramatismo, difíciles de confirmar, como canibalismo o sobre
mujeres que por tener su menstruación fueron lanzada al mar para que
los tiburones no siguieran el rastro de la yola.
Todo es posible y verosímil, se sabe que en las yolas no hay amigos,
ni solidaridad, solo pueden recurrir a la invocación la Virgen de
Altagracia, la patrona del pueblo dominicano.
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