Sábado, 12 de agosto, año 2006 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador - Iberoamérica
(Este Libro fue Escrito por Iván Valarezo)
CARECER DE CONOCIMIENTO
El no tener conocimiento de los poderes sobrenaturales, de los dones
del Espíritu de Dios y del Árbol de vida, para ayudarse a vivir su
vida normal sobre la tierra, es muy caro para los que pagan éste alto
precio de ignorancia con sus vidas y con las vidas de los suyos
también. Y el ángel destructor diariamente se lleva sus vidas sin
poder, muertos hacia sus lugares de perdición eterna, porque no ve la
sangre de Cristo en sus corazones, sino el pecado original de Adán,
por ejemplo, con sus muchas tinieblas eternas del infierno.
Y ya han perecido muchos innecesariamente, por cierto, por falta de
éste supremo conocimiento de Dios y del Señor Jesucristo en sus
vidas, para poder vivir sus vidas por la tierra, con el poder santo y
supremo de la salvación eterna de Dios. A la verdad, ellos son presas
fáciles día a día para Lucifer y para sus ángeles caídos y hasta
para las gentes de gran inquietad en la tierra, también.
Por eso, el pueblo de Dios ha sido siempre atacado por el enemigo de
sus almas eternas, porque no tienen conocimiento del amor y de la
justicia infinita de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, viviendo en
sus corazones. Pues ellos viven ciegos a ésta gran verdad de sus
vidas, en la tierra y en el más allá, también, como en el paraíso
con Adán y Eva, por ejemplo.
Son como gente muerta y sus vidas totalmente secas y carentes de todo
bien del Árbol de la vida eterna. Dios desea despertarlos de sus
tinieblas, para que vean su luz: la luz infinita, radiante y
eternamente gloriosa de su Hijo amado, para bendecir sus vidas y sanar
sus cuerpos eternos de todo mal, para que no sufran más la aflicción
del pecado y de la muerte eterna del más allá.
Por lo tanto, Dios desea despertarlos de sus tinieblas y darles de su
luz y de su vida infinita, para que no vivan como los muertos y sus
vidas no sean secas y carentes de todo lo bueno del Dios del cielo y de
la tierra. Y si desobedecen al llamado de su Dios, como siempre lo han
hecho a través de los tiempos, siempre descuidándose del perdón y de
la bendición de vida y de salud eterna de su Jesucristo, entonces
cuando le busquen a él, ya no le han de encontrar.
Porque su Dios ha de estar enojado con ellos, por su pecado, por su
maldad, de no haber recibido a su Hijo amado, el Señor Jesucristo,
después de que lo ha enviado con grandes poderes y con grandes
autoridades en su vida santa, para bendecir a cada uno de ellos, en
todos los rincones de la tierra.
Para que de esta manera entonces, ya no vivan como los muertos en los
hoyos de la tierra, por ejemplo, ni sean secas y carentes sus vidas de
todos los gozos y felicidades del Dios alegre de corazón y bondadoso
de su Espíritu Viviente del reino de los cielos. Por eso, si Dios
está enojado con ellos, entonces ha de ser porque no han aceptado
"el conocimiento de su Hijo amado" en sus corazones y en sus vidas
en la tierra.
Y éste es un pecado, por el cual Dios jamás ha perdonado a ningún
hombre, mujer, niño o niña de la tierra, a no ser que vuelva a Él. A
no ser que se arrepienta de su mal eterno en su corazón, para que Dios
se olvide de su pecado, como un niño se olvida del mal del pasado,
para empezar de nuevo a vivir y sonreírle al nombre bendito de su Hijo
amado, el Señor Jesucristo, en lo intimo de su corazón, por ejemplo.
Por eso, a los ingenuos Dios les dice: ¡Hasta cuando ustedes van a
seguir viviendo en su espíritu de rebelión a la Ley Eterna de la
tierra y del reino de los cielos! ¿Cuándo se van a arrepentir de sus
males y pecados terribles de sus vidas? ¡Porque ya es tiempo de que
ustedes se arrepientan de sus males eternos!
¡Ya es tiempo de que ustedes se aparten de sus tinieblas eternas de
sus corazones perdidos, en los deseos mundanos de maldición y de
perdición eterna, para ver la luz infinita que alumbra gloriosamente
la vida sagrada de su único bendito redentor celestial, en sus vidas y
en cualquier lugar de la tierra, el Santo de Dios, ¡el Señor
Jesucristo!
Por eso, Dios mismo ha llamado a todo insensato, que deje ya de amar su
insensatez, la insensatez perdida de su corazón hundido en las
profundas tinieblas de las palabras y del espíritu del error, de
Lucifer y de sus ángeles caídos. Al burlador le dice también lo
mismo, llamándolo a que abandone su maldad, y deje de amar el burlarse
de los demás.
Por cuanto, esto es un pecado tan malo, como el arma que ataca y le
quita la vida a cualquier inocente en la tierra. Además, de todo la
burla jamás ha traído ningún bien al burlador, sino el hoyo de la
tierra y su muerte final, en el lago de fuego, en el más allá. Pero
si el burlador se aparta de su espíritu de error, y cambia su manera
de ser para respetar a su prójimo, entonces el Dios del cielo y de la
tierra le ha de perdonar sus muchos pecados.
Y Dios mismo lo ha de bendecir en la abundancia espiritual de su
Espíritu Santo y de la vida gloriosa de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo, para que vea la vida, en el cielo, en su reino santo, como
si jamás se hubiese burlado de nadie, ni pecado nunca en contra de su
Dios, que está en los cielos.
Pues al necio Dios también les dice lo mismo, que deje sus necedades,
y se vuelva al Dios de su vida, en la tierra y en la eternidad, para
que no muera jamás perdido en su falta de conocimiento de la verdad y
de la justicia redentora, del Señor Jesucristo, en su corazón y en su
alma eterna, también.
Porque sólo así entonces el insensato, el burlador, el necio y todo
pecador, ha de encontrar el conocimiento de su Dios y de su redentor en
su corazón, para ver la vida desde ya en la tierra, hasta finalmente
entrar en el gozo eterno de su Dios y de su Árbol de vida, en el nuevo
reino de los cielos.
Puesto que, sólo los que obran iniquidad diariamente ante Dios y ante
el mundo entero, no saben que están comiendo de las bendiciones del
pueblo eterno de Dios, para escapar sus tinieblas y finalmente entrar a
la luz eterna más brillante que el Sol, en sus corazones eternos, para
ver la vida y a su Creador Celestial, en el cielo.
Dado que, son ellos los que si no se arrepienten de sus pecados ante
Dios, entonces el espíritu de error los ha de llevar a decir con sus
labios, lo que jamás ningún hombre debió haber dicho tales palabras
como estas, por ejemplo: ¡Dios no queremos saber de tu conocimiento!
¡Nosotros no queremos vivir la vida eterna en el cielo contigo ni con
tu Hijo! ¡Deseamos irnos a vivir a donde están todos nuestros amigos
del pasado, en el fuego eterno del infierno!
Y Dios desea arrancar estas palabras de gran maldad del espíritu de
error, que vive en los insensatos, en los burladores, en los necios y
en todo pecador de la tierra, para que no caigan en ésta desgracia
terrible para sus vidas, en la tierra y en el más allá, también, en
el fuego eterno del infierno.
Ya que, una vez que éste espíritu de error se comienza a manifestar
en los corazones y en los labios de las gentes, que han rechazado el
conocimiento salvador de Jesucristo, entonces sus vidas peligran, para
caer aun en tinieblas más profundas que las de antes en sus corazones
y en sus espíritus humanos, en cualquier lugar de la tierra.
Por cuanto, nosotros tenemos "un enemigo" que no se cansa nunca,
desde los días de su rebelión, en contra de Dios en el cielo, y en el
paraíso en contra del Árbol de la vida, de atacarnos día y noche,
hasta que caigamos como victimas eternas, de sus mentiras y de su
muerte, en el infierno, en el fuego eterno.
Pero poderoso es nuestro Dios para librarnos de sus manos pecadoras,
hoy en día y por siempre, en la eternidad. Porque el conocimiento
bendito del nombre del Señor Jesucristo que está instalado en
nuestros corazones y en nuestras almas eternas, tiene poder en contra
de él y de sus aliados, gracias a nuestra fe y a nuestra oración que
hemos elevado, de vez en cuando, ante el trono de la gloria y de la
gracia infinita, de nuestro Padre Celestial.
Por lo tanto, somos libres de los poderes del mal de nuestro enemigo y
de sus aliados en toda la tierra y en el más allá, también, en el
mundo bajo de las almas perdidas, en el infierno. Por lo tanto, Lucifer
no nos puede tocar ni menos hacer daño alguno, si permanecemos fieles
al conocimiento de nuestro corazón de que el Señor Jesucristo es el
Hijo amado de Dios, en la tierra y en el reino de los cielos, para
siempre.
LA FALTA DEL CONOCIMIENTO DE JESÚS DESTRUYE AL HOMBRE
Nuestro pueblo es destruido día a día, porque carece de conocimiento
de Dios y de su Jesucristo. Porque han rechazado equivocadamente el
conocimiento de su Creador y de su Árbol de vida eterna, como Adán,
por ejemplo. Por lo tanto, Dios mismo los ha de volver a echar del
paraíso, si fuese necesario volverlo hacer así; ya que, todos se han
olvidado de la Ley de su Dios Viviente, entonces él también se
olvidara de ellos y de tus hijos.
Ya que, para amar a Dios, tienen que tener del conocimiento, del
espíritu de sabiduría de su Hijo en sus corazones; de otra manera es
totalmente imposible para el hombre, la mujer, el niño y la niña de
la tierra, amar a su Dios en el espíritu y en la verdad celestial del
más allá, del reino de los cielos.
Por qué la verdad es también, de que si los ángeles del cielo, en
sus millares, no hubiesen amado a su Creador y a su Árbol de vida, el
Señor Jesucristo, entonces cada uno de ellos hoy en día fuese rebelde
y eternamente perdido, en sus tinieblas eternas de su corazón, como
Lucifer y como sus ángeles caídos, por ejemplo.
Pero la verdad es otra, cada uno de los ángeles ha amado a su Dios
Eterno, por medio del conocimiento sagrado, del fruto de vida eterna,
el Señor Jesucristo, en el epicentro del reino de los cielos, entonces
viven felices con Dios en sus corazones y en sus almas eternas,
también, para siempre.
Porque la verdad es que el Señor Jesucristo es el corazón del reino
de los cielos, desde siempre hasta nuestros días. Y sin éste corazón
de vida y de salud eterna, entonces nadie podrá tener vida celestial,
en el cielo, ni menos en la tierra, tampoco, jamás. Por lo tanto, el
Señor Jesucristo es tan importante en la vida de los ángeles del
cielo, como lo es en el corazón de cada hombre, mujer, niño y niña
de la humanidad entera.
Porque así como el Señor Jesucristo es el corazón de la vida eterna
de todos los ángeles, del reino de los cielos, pues así también él
es el corazón de la vida de la tierra de nuestros tiempos y de
siempre. Porque toda la vida de la tierra, como la del reino de los
cielos proviene del Árbol de la vida, ¡el Señor Jesucristo!
Y sin esta vida del Señor Jesucristo, en el reino de los cielos con
los ángeles o en la tierra con los hombres, las mujeres, los niños y
las niñas de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos, no habría unión alguna, es decir, que no habría nación
alguna en toda la tierra, jamás. Porque el Señor Jesucristo es el
corazón de cada una de las naciones del mundo entero.
Pero como el Señor Jesucristo es el corazón del cielo y de nuestro
Padre Celestial y, además, él vive para siempre y está sentado sobre
el trono de David, en el reino de los cielos, pues así también tiene
que vivir en nuestros corazones día a día y por siempre, en nuestra
vida eterna, en el más allá.
Porque aunque estuvo muerto, el Señor Jesucristo ha resucitado en
"el Tercer Día", para volvernos a dar de su vida y de su salud
eterna, de la misma manera que se las dio a los ángeles del cielo, por
ejemplo, pues así también con todos nosotros, en nuestros millares,
en toda la tierra, hoy en día y siempre.
Es decir, si creemos en él y en su nombre salvador, en nuestros
corazones y en nuestras almas eternas; de otra manera, no podremos
tener vida y salud eterna en nuestros cuerpos corporales e
espirituales, también, así como Lucifer y como sus ángeles caídos,
por ejemplo, perdidos eternamente y para siempre, en el mundo bajo del
fuego eterno del infierno.
Pero en nuestro salvador eterno hay vida y vida en abundancia,
también, si tan sólo le somos fieles a Él, delante de Dios y de sus
santos ángeles, llenos del Espíritu Santo y de su gloria infinita, en
el más allá, en la tierra santa del nuevo reino de los cielos. Porque
sólo nuestro Jesucristo es el camino, la verdad y la vida eterna, en
la tierra y en el cielo para cada hombre, mujer, niño y niña de la
humanidad entera.
Por cuanto, el conocimiento de Jesucristo no daña el corazón, ni el
alma de ningún ser humano, así como jamás ha dañado el espíritu de
los ángeles, serafines, querubines, arcángeles y demás seres santos
de la vida gloriosa del más allá, del reino de los cielos, sino que
les ha dado vida y salud en abundancia y sin medida alguna.
Y lo mismo ha sido verdad siempre, en el corazón y en la vida de cada
hombre, mujer, niño y niña, de las familias de la tierra, desde el
comienzo de todas las cosas, desde mucho antes de que Dios comenzase a
formar en sus manos santas: la vida perfecta del hombre en el paraíso
y en la tierra, también.
Por lo tanto, el conocimiento del nombre del Señor Jesucristo le
hubiese redimido de su pecado y de su muerte eterna a Adán y a Eva
también, si tan sólo ambos hubiesen creído en el nombre glorioso y
sumamente honrado del Señor Jesucristo, para bien de ellos y de todos
nosotros, en toda la tierra, hoy en día, por ejemplo.
Por lo tanto, el que no tiene el nombre del Señor Jesucristo viviendo
en su corazón, entonces carece de toda verdad y de toda justicia
celestial, en él o en ella; es decir, que no hay verdad alguna, en
aquella persona o personas, en toda la tierra. Por lo tanto, ésta
persona está muerta para Dios, en la tierra y en el cielo, también,
hasta que no encienda la luz de Jesucristo en las tinieblas eternas de
su corazón y de su vida entera.
Porque el que camina por la tierra, como camino Adán o Eva en el
paraíso, sin la luz de Cristo en su vida, entonces tropieza para caer
y, luego, morir eternamente en el infierno. Y esto es falta de
entendimiento, falta de conocimiento del corazón del hombre, para Dios
y para su Espíritu Santo, en la tierra y en el cielo, también, para
siempre: Lo cual resultaría en la perdida de la vida eterna, en esta
vida y en la venidera, en el más allá, en el fuego eterno del
infierno.
DIOS LLAMA AL HOMBRE HA INTEGRARSE / FORMARSE EN JESUCRISTO
Por lo tanto, Dios llama a todo hombre, mujer, niño y niña de la
tierra, a que vuelva a la sobriedad del conocimiento sagrado, del
Señor Jesucristo en su corazón, como es justo en todo hombre y en
toda mujer de verdad, también. Y así ya no pequen más en sus vidas,
como los pecadores de la tierra, que no tienen el conocimiento ni la
luz de Cristo en sus caminares por la tierra, sino que son ciegos,
caminado siempre hacia su muerte eterna.
Porque la verdad es que muchos tienen gran ignorancia de Dios y de la
vida gloriosa y eternamente honrada del Señor Jesucristo en sus
corazones, como la tuvo Adán o Eva en su día antes de su caída, ante
las palabras de mentira y de decepción eterna, de Lucifer y de la
serpiente antigua, en el paraíso, por ejemplo.
Y esto lo digo así para corrección de ustedes mismos, que pudiendo
tener conocimiento de Dios y de su Jesucristo, entonces no lo tienen
por descuido de sus corazones equivocados, por el engaño del espíritu
de error y de tinieblas eternas del mismo Adán de la antigüedad del
paraíso, viviendo en sus espíritus humanos, en toda la tierra.
Por lo tanto, es el deseo infinito de Dios, de que todo hombre, mujer,
niño y niña, vuelva a su compostura espiritual, y reconozca en su
corazón, de que sólo Él es Dios. Y que su Hijo amado reina
eternamente y por siempre, en el reino de los cielos, para reinar muy
pronto sobre el trono de David, para bendición de sus ángeles y para
bien eterno de toda la humanidad en toda la tierra.
En vista de que, por la falta de esta verdad y de esta justicia
celestial, entonces es muerte eterna para el corazón y para el alma
viviente de todo ángel, hombre, mujer, niño y niña de la humanidad
entera. Y Dios no desea que ninguno de ellos muera en sus tinieblas, de
falta de conocimiento, de su Dios y de su salvador eterno, sino todo lo
contrario.
Dios realmente desea que todos vivan en la luz infinita de la
sabiduría, del conocer la verdad y la justicia viviente de Dios,
solamente revelada en la vida del hombre, por medio de la misma vida
gloriosa de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, el único posible gran
rey Mesías de Israel y de la humanidad entera.
Ya que, fuera del Señor Jesucristo no es posible que exista otro igual
que Él, en el cielo como el Árbol de la vida, y en la tierra como el
crucificado en los árboles cruzados, secos y sin vida de Adán y de
Eva, por ejemplo, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel.
Por lo tanto, el deseo de nuestro Dios es que todo hombre, mujer, niño
y niña, vuelva sus ojos a su Jesucristo, el único posible salvador de
sus corazones y de sus almas, en esta vida y en su nueva vida
celestial, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos, como La
Nueva Jerusalén Santa y Eterna.
Por cuanto, el que no reconoce en su corazón, que el Señor Jesucristo
es el Hijo de Dios, de acuerdo a la voluntad perfecta y sumamente santa
de nuestro Padre Celestial, entonces no es justo para con Dios, ni para
con ninguno de sus criaturas, en el cielo con los ángeles ni en la
tierra con todos los hombres.
Por esta razón, toda injusticia es enemiga de la verdad y de la
justicia divina de nuestro Dios y Padre Celestial, en el cielo y en la
tierra, para siempre. Por lo tanto, el hombre que viva en la injusticia
y la gran mentira de su corazón, de no creer que el Señor Jesucristo
es su Hijo amado, entonces no podrá jamás ver su vida eterna, en la
tierra, ni menos en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.
En verdad, éste hombre va a su lugar eterno, entre las llamas
ardientes de la ira infinita de Dios y de su Árbol de vida, en el
infierno candente y eternamente violento, para el corazón y para el
alma eterna del hombre y de la mujer carente del conocimiento salvador
de Dios y de su Hijo amado.
En verdad, el que no cree en su corazón, de que el Señor Jesucristo
es su Hijo amado, entonces ha ofendido a su Dios y Formador de su alma
eterna; por lo tanto, no hay vida, ni justicia en aquella persona, sea
hombre o mujer, en toda la tierra. Y si la tal persona, falta de la fe
y del conocimiento salvador de su Dios y de su Árbol de vida en su
corazón, entonces esto quiere decir, de que su nombre no está escrito
en "el libro de la vida", en el reino de los cielos, sino todo lo
contrario.
Su nombre realmente está escrito en el fuego eterno del infierno, en
el más allá, para luego ser recibido por el ángel de la muerte y de
sus ángeles del tormento eterno, en el día que muera, y descienda a
su lugar eterno, en el más allá. Porque en el infierno, su nombre ha
estado escrito, desde siempre, entre las llamas de la ira eterna de
Dios y de su Espíritu Santo, desde el día que Adán desobedeció a su
Dios y al fruto de vida y de salud eterna, el Señor Jesucristo, en el
epicentro del paraíso, en la corte celestial.
Por eso, Dios quiere quitar su nombre del infierno y elevarlo muy alto,
tan alto como el nombre glorioso del Señor Jesucristo, y escribirlo
junto a su nombre en "el libro de la vida", si tan sólo cree y
obedece a su llamado celestial de arrepentirse de todos sus pecados y
volver al Dios de su vida eterna, en la tierra y en el paraíso,
también, hoy en día y para siempre.
DIOS MISMO DA EL ENTENDIMIENTO AL CORAZÓN DEL HOMBRE
Entonces consideren bien lo que les digo mis estimados hermanos y mis
estimadas hermanas, pues el SEÑOR mismo, y no otro: les dará la
llenura de su entendimiento divino, en todo lo que ustedes ocupen sus
mentes y corazones, para que entonces todo lo que hagan les vaya bien
siempre, en todos los lugares de la tierra.
Porque Dios mismo desea que todo nos salga bien siempre, siempre y
cuando sea hecho para el bien de sí mismos y de otros, también, para
gloria y para honra eterna de su nombre glorioso, en el cielo y en toda
la tierra. Ya que, es así como Dios obra con todas sus criaturas, ya
sea en el cielo con los ángeles o en la tierra con los hombres,
mujeres, niños y niñas del espíritu de fe, del nombre honrado y
sobrenatural de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
En otras palabras, si Dios no desea el mal para nadie, entonces ha de
ser porque desea ver su nombre exaltado en el corazón y en el alma
viviente del hombre de la tierra, así como es exaltado en el corazón,
de cada uno de sus ángeles, arcángeles, serafines, querubines y
demás seres santos, del reino de los cielos.
Es por eso, que Dios ha llamado a todo hombre, mujer, niño y niña de
la tierra a tomar su nombre sagrado y sobrenatural en sus corazones,
para creer en Él y en sus promesas de vida y de salud eterna. Porque
el deseo de Dios para con cada uno de ellos es de gran bendición, si
tan sólo le obedecen a Él y a su llamado santo en la vida honrada de
su Jesucristo.
Y así entonces ellos podrían comenzar a recibir de la vida eterna,
del Árbol de Dios en el paraíso: cada uno de sus gloriosos y eternos
dones de poderes sobrenaturales para sanar, para bendecir, para salvar,
para hacer maravillas, milagros y prodigios, no sólo de Jesucristo,
sino también de su Espíritu y hasta de sus ángeles, también, para
sus vidas.
Porque todos en el reino de los cielos, grandes y pequeños, trabajan
día y noche para exaltar y así honrar el nombre sagrado de nuestro
Dios y Padre Celestial, de acuerdo a todos los poderes sobrenaturales
del conocimiento, de la verdad y de la justicia infinita, del Árbol de
la vida eterna, el Señor Jesucristo.
En vista de que, el que no tiene el conocimiento del Señor Jesucristo,
como Lucifer o alguno de sus ángeles caídos y hasta del hombre
pecador, como Adán y Eva, en el paraíso, por ejemplo, entonces ha de
morir, como murieron ellos en sus días de vida en el reino de los
cielos o en el paraíso.
Y lo mismo es verdad hoy en día en toda la tierra, con cada hombre,
mujer, niño y niña de todas las familias, razas, pueblos, linajes,
tribus y reinos del mundo entero. Ellos han de morir por su falta de
conocimiento, en sus corazones y en sus espíritus, de la gloria y de
la grandeza sobrenatural de Jesucristo en sus vidas, para perdón, para
bendición, para salvación y para realizaciones de dones, de milagros,
sanidades, maravillas y prodigios espirituales y corporales, para
levantar a sus hijos e hijas, en toda la tierra.
Y levantarlos de tal manera, hasta que lleguen a lo más alto del reino
de los cielos, con el fin de encontrarse finalmente con su Dios y
Creador de sus almas y de sus vidas eternas, en la tierra y en el
paraíso, también, hoy en día y para siempre. Porque no hay vida, no
hay espíritu y no hay fuerza de conocimiento en la tierra, que pueda
perdonar, ayudar y finalmente levantar al corazón y al alma eterna, de
todo hombre, mujer, niño o niña, si no es con el conocimiento
sobrenatural y grandemente milagroso del Señor Jesucristo, en su
corazón y en su espíritu humano para llegar al cielo.
Es por eso, que para nuestro Padre Celestial todo aquel que tenga el
nombre del Señor Jesucristo viviendo en su corazón, desde el día que
comenzó a creer en Él, entonces tiene vida y gran conocimiento en su
espíritu humano. Y esta vida y conocimiento de su corazón y de su
espíritu humano, en verdad, no sólo ha de ser para entrar, en la vida
eterna del reino celestial, sino también para aprender lo que los
ángeles han conocido a través de los tiempos, para honrar y para
exaltar a su Dios y al salvador de su vida, para siempre.
Por lo tanto, el conocimiento del nombre del Señor Jesucristo, en el
corazón y el alma viviente del hombre es tan importando en la tierra,
como lo es el reino de los cielos con cada uno de los ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres santos, de la vida
sagrada del reino de los cielos.
EN EL NECIO NO HAY PALABRAS DE CONOCIMIENTO
Es por eso, también, de que Dios siempre le ha pedido al hombre y a la
mujer del espíritu de fe, de su nombre sagrado a que se apártate del
necio, del insensato, del falto de juicio y de toda verdad, porque en
Él no hay bendición, sino sólo maldición para los que están con
él y le oyen.
Además, jamás encontraras en necio o en la necia: La bendición de
Dios: los labios del saber y del don del cielo de la palabra y del
nombre sagrado, de nuestro Dios y Padre Celestial que está en los
cielos, en el más allá. Porque nuestro Dios está sentado en su trono
de gloria y de sabiduría perfecta, como en la nueva ciudad santa y
eterna, ¡La Nueva Jerusalén Divina del gran rey Mesías, de Israel y
de las naciones del mundo entero!
Como el modismo del hablar del hombre siempre ha dicho: dime con quien
tú andas y, de seguro, te diré quien tú eres. Porque con la persona
que andes, si es sabio de corazón, entonces de sabidurías has de
hablar con él o con ella. Pero si la persona con quien andas es necia
de corazón, entonces de necedades, de insensateces, has de hablar con
él o con ella.
Porque no todo lo que entre en el hombre lo ha de contaminar, sino lo
que ha de salir de su boca, eso si contamina el corazón y el espíritu
humano de toda persona que lo recibe. Por lo tanto, el hombre está
llamado por Dios mismo a no oír y creer todo lo que oye de las gentes,
que no han conocido, ni menos amado a Dios jamás en sus corazones y en
sus almas vivientes, porque se pueden hacer mucho daño en sus vidas.
Y de esto Dios los quiere librar a todo hombre, mujer, niño y niña de
la tierra, de la misma manera que los ha librado del poder de las
palabras de mentira, y llenas de muerte de Lucifer y de sus ángeles
caídos, por ejemplo. Porque Dios no desea el mal, para ninguno de sus
hijos y de sus hijas, en todas las naciones de la humanidad entera,
sino sólo el bien de su Hijo amado, el señor Jesucristo, en sus
corazones y en sus vidas, en la tierra y en el cielo, para siempre.
Entonces, Dios si promueve al corazón de todo hombre, mujer, niño y
niña, ha oír siempre su palabra, su Ley Eterna y del Espíritu
sobrenatural de su nombre, en sus corazones y en sus espíritus
humanos, para que puedan crecer espiritualmente, en toda su verdad, que
salga de su boca y de la boca del hombre de fe, por ejemplo.
Y esto es de que sus corazones y sus almas eterna crezcan cada vez más
y más hacia Él, su Dios y Formador de sus vidas, que está en su
lugar santo, en el reino de los cielos, en su nuevo hogar eterno de
cada uno de sus hijos y de sus hijas, en el más allá. Porque Dios no
ha creado al hombre y a la mujer en el paraíso o en la tierra de
nuestros días, por ejemplo, para que se queden pequeños o sin crecer
en sus corazones y en sus almas eternas, sino todo lo contrario.
Dios realmente ha creado a todo hombre y a toda mujer, para que crezcan
siempre hacia su vida santa, en la tierra y en el más allá, también,
en su nuevo reino de los cielos, en donde habrá siempre vida y
felicidad eterna, de vivir con Dios y con su Árbol de vida y de salud
perfecta, el Señor Jesucristo.
En la medida en que, Dios nos ha creado, a la humanidad entera, no
sólo para Él, sino también para su Hijo amado, su Árbol de vida, su
Jesucristo, en la tierra y en el cielo, hoy en día y por siempre, en
la eternidad venidera, del nuevo reino de los cielos, como La Nueva
Jerusalén Infinita del más allá.
Y es aquí, sin duda alguna, en donde Dios nos ha de querer ver frente
a frente, no como sus enemigos pecadores de siempre, sino como sus
hijos legítimos y como sus hijas legitimas, de la misma manera, y
hasta quizás con mayores bendiciones de vida y de felicidad eterna, de
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Porque cuando nuestro Padre Celestial nos dio a su Hijo amado, fue
porque realmente él sabia que iba a ganar en grande, no sólo en
contra de Lucifer y de sus ángeles caídos, sino también en contra de
los poderes terribles, de las llamas eternas del infierno y del fuego
eterno del lago de fuego, en el más allá.
Además, esta victoria ha sido para con cada uno de nosotros, en
nuestros millares, en toda la tierra, de todas las familias, razas,
pueblos, linajes y tribus de la humanidad entera, para que seamos
transformados, de los tiempos de tinieblas y de su pecado mortal, a
tiempos de luz y de vida eterna, en el reino de los cielos.
Y de esta transformación, en cada uno de nosotros, de todos los
hombres, mujeres, niños y niñas de la humanidad entera, sólo era
posible, y es posible hoy en día aun, también, por medio de la
invocación de nuestros corazones, del nombre sagrado de su Hijo amado,
¡el Señor Jesucristo!
Porque de otra manera, no hay bendición, ni perdón, ni salvación
posible para nuestros corazones y para nuestras almas perdidas,
perdidas eternamente y para siempre, entre las tinieblas de Adán y de
Lucifer, por ejemplo, en nuestras vidas corporales en la tierra y en
nuestras vidas espirituales del más allá, como en el paraíso eterno,
por ejemplo.
ACÉRQUENSE A DIOS EN SUS HOGARES, EN SUS CORAZONES, EN TODA LA TIERRA
Por esta razón, Dios ha llamado a todos sus hijos y a todas sus hijas,
a que se reúnan con Él, en la vida perfecta de su Jesucristo y así
puedan venir a su Dios día a día y sin cesar, hasta entrar de lleno
en sus nuevas vidas celestiales, en el más allá, en el reino de los
cielos!
Pues entonces acérquense todos los sobrevivientes de entre las
naciones, y no le tengan miedo a nada, ni a nadie, jamás. Porque su
Dios Creador de sus almas y de sus vidas es quien los está llamando, y
no el hombre pecador de la tierra. Porque el hombre sin el conocimiento
del amor infinito de Dios y de su Jesucristo en su corazón, entonces
está enredado entre las profundas tinieblas del más allá.
Por lo tanto, no tienen ninguno de ellos conocimiento alguno en sus
corazones, para vida y para salvación eterna de sus almas; en verdad,
viven en perfecta oscuridad de la profundidad de la tierra y de su
infierno colosal y siempre hambriento para tragarse las almas pérdidas
de los pecadores que mueres sin Cristo en sus corazones.
Puesto que, cargan un ídolo de madera sobre sus lomos, como siempre y,
además, ruegan a un dios que no los puede ver, no los puede ayudar, ni
menos los puede salvar, del poder destructor de sus pecados y de su
muerte eterna, en el lago de fuego, en el más allá. A ellos Dios
desea redimir de sus males eternos, si tan sólo se acercan a Él, por
medio de la vida y de la sangre salvadora de su Hijo amado, ¡el Señor
Jesucristo!
Ya que, la vida de su Hijo amado con su sangre bendita se las ha
entregado a ellos mismos y a los hijos de sus hijos, para miles de
siglos venideros, con el fin de que vivan. Con el fin de que se llenen
del conocimiento de su Dios y de su salvador celestial, en sus
corazones y en sus vidas terrenales y en sus vidas celestiales,
también, del más allá, del paraíso eterno.
Y así puedan entonces escapar las garras infernales del más allá,
del fuego eterno del infierno o del lago de fuego, su segunda muerte
final de sus almas eternas, para que puedan vivir, y jamás morir. Es
por eso, que para Dios es de suma importancia, que todos sus hijos y
que todas sus hijas siempre se reúnan con Él, en el poder
sobrenatural de su presencia santa, de su Hijo amado y de su Espíritu
Santo.
Y todo esto es posible, en la vida de cualquier hombre o en la vida de
cualquier mujer, en cualquier lugar de la tierra, si sólo se reúnen
en la fe, del nombre del Señor Jesucristo. Porque en donde están dos
o tres, reunidos en el nombre bendito de Dios, el Señor Jesucristo,
entonces hay mismo ha de estar Él, con su Espíritu Santo y con sus
huestes de ángeles de gran gloria y de gran santidad eterna, del reino
de los cielos: para perdonar, para sanar, para bendecir y para sanar
sus vidas.
Además, a donde Dios llegue, ha de ser entonces porque ahí mismo a de
estar su nombre sagrado, no en las cuatro paredes del lugar, sino en el
corazón y en la vida de cada uno de sus hijos y de sus hijas, que
estén reunidos por Él y por su causa santa. Y esto es gloria y honra
para Dios y para su Jesucristo, en la tierra y en el cielo, también,
eternamente y para siempre, en el más allá, en la nueva eternidad
venidera de su nuevo reino de los cielos, como la nueva gran ciudad
celestial, prometida a sus siervos de la antigüedad, ¡La Nueva
Jerusalén Santa y Eterna!
Porque para Dios, los que se mantengan lejos de Él, es porque no han
gustado jamás en sus corazones: todo lo honroso, lo glorioso, lo
santo, lo bueno que es tener el nombre sagrado, viviendo en sus vidas,
como el nombre bendito y sanador del alma del hombre, de la mujer, del
niño y de la niña, ¡el Señor Jesucristo!
Por lo tanto, Dios no desea que te mantengas, ni una sola hora más
lejos de Él, mi estimado hermano y mi estimado hermana, sino que Dios
desea que encuentres ya tu lugar eternal, en su Hijo amado. Es decir,
de tú mismo encontrar, con la ayuda idónea del Espíritu de Dios y de
su Ley Viviente: tu lugar de vida y de salud perfecta, en la vida y en
la sangre gloriosa de su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo!
Porque sin Jesucristo en tu corazón, entonces no tienes lugar en el
conocimiento, ni menos en el corazón de Dios y de su vida eterna, en
el nuevo reino de los cielos. Y esto ha de ser realmente hoy en día,
en la tierra y en el más allá, también, en su nueva eternidad
venidera de su Árbol de vida y de todas su criaturas celestiales, como
los ángeles y de todas sus criaturas terrenales, como los hombres,
mujeres, niños y niñas de la humanidad entera.
EL PUEBLO DE LA TIERRA QUE NO CONOZCA A SU SALVADOR ES INSENSATO
Porque mis pueblos son insensatos en toda la tierra; no me conocen,
como su Hacedor Celestial, el formador de sus vidas en sus manos
eternas. Pues son hijos no adiestrados para conocer a su Dios y,
además, carentes del entendimiento de la verdad y de la justicia
salvadora de Dios y de su Hijo amado, en sus corazones y en sus almas
eternas.
Ciertamente son conocedores para hacer el bien y el mal, pero siempre
prefieren el mal, porque su primer fruto de sus bocas, fue el fruto
prohibido del árbol de la ciencia del bien y del mal, en el paraíso,
con Adán y con Eva, rebeldes como sus padres, por ejemplo. Y desde
aquel día que comieron del fruto prohibido, están todos ciegos, sin
poder ver a su redentor eterno, pus van caminando por la tierra siempre
hacia la perdición eterna, sin Cristo y sin su luz eterna en sus ojos.
Por lo tanto, en ellos no hay verdad, ni tampoco hay justicia, de la
verdad y de la justicia redentora del fruto de vida eterna, del Árbol
eterno de Dios, el Señor Jesucristo en el epicentro de sus corazones y
en epicentro del corazón, de su nueva vida eterna del reino de los
cielos.
El mal les rodea día y noche, y no hacen nada para escapar de Él y de
su muerte eterna; pues caminan hacia su muerte eterna siempre, como si
fuese su lugar de origen o de su reposo eterno. En verdad, están todos
ciegos al amor y a la voluntad perfecta de Dios, en sus corazones;
viven como si Dios no existiese en el reino de los cielos, o como si
él no los viera, desde su trono santo, en el más allá.
Por lo tanto, pecan ante Dios, ofendiendo su verdad y su justicia
divina día y noche, hasta que por fin mueren perdidos en sus
tinieblas, de sus corazones huecos y sin entendimiento alguno, de lo
que haya sido Dios en sus vidas. Mueren como todos los ciegos, que
jamás pudieron ver, ni menos gozar, de la luz del Sol, ni menos de la
luz del Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo en sus corazones.
Y, además, también, mueren sin que hayan conocido jamás lo que haya
sido la importancia de honrar su nombre santo y su Ley Sagrada en sus
almas eternas, con tan sólo haber creído con un poco de fe, en sus
corazones y de confesar con sus labios su nombre salvador y
sobrenatural, el nombre del Señor Jesucristo.
Carentes de todo entendimiento son los que desprecian la verdad y la
justicia de Dios, que ha descendido de la vida santa del reino de los
cielos, en la vida gloriosa y sumamente honrada del Árbol de la vida,
el Cristo de Israel y de la humanidad entera, ¡el Todopoderoso!
Por eso, el infierno se ensancho más que antes aun, para recibirlos a
todos ellos, sin jamás perderse de comer y de gustar de sus almas
perdidas, entre las llamas eternas del más allá. Pero Dios ha tenido
misericordia para con cada uno de los rebeldes, a su nombre honrado y a
su conocimiento perfecto, y les ha dado la misma vida y mente de su
Jesucristo, para que resuciten de sus tinieblas y vivan para ver la
vida eterna, en el cielo.
Para que siendo necios ante Él, entonces dejen de serlo. Y sólo así
entonces se conviertan sus corazones de las tinieblas de sus vidas por
la tierra, a la luz admirable de la vida sagrada de Dios y de su Árbol
de vida, en el paraíso, el Señor Jesucristo. Porque en el cielo como
en la tierra, por ejemplo, no se ha vivido jamás una vida tan santa y
tan perfecta, como la vida gloriosa y sumamente honrada del Señor
Jesucristo.
Por lo tanto, sólo el Hijo de Dios es nuestro ejemplo de vida y de
servicio perfecto a Dios y a su nombre santo ha seguir todos los días
de nuestras vidas en la tierra, por con cada uno de nosotros, de todos
los hombres, mujeres, niños y niñas, de la humanidad entera. De otra
manera, nadie podrá jamás conocer a su Dios y a su salvador eterno de
su corazón y de su alma viviente, en esta vida, ni menos en la vida
venidera, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.
Por eso, los seres creados por Dios y por su palabra, como los ángeles
del cielo o los hombres del paraíso o de la tierra, jamás podrán
hacer el bien en sus vidas, sino que sabrían solamente hacer el mal,
para mal de sus corazones y de sus almas eternas, en la tierra y en el
infierno también, para siempre.
Es por eso, que el conocimiento del nombre del Señor Jesucristo y de
todas sus bendiciones en sus corazones, debería estar en ellos ya, en
sus vidas y en sus almas eternas, para empezar a conocer y a servir a
su Dios y Creador de sus vidas, en la tierra y en el cielo, también,
para siempre.
Y sólo de esta manera ninguno de ellos jamás podrá ser engañado con
palabras mentirosas y huecas en sus corazones, como las que la
serpiente trajo a Eva y a Adán en el paraíso, de parte de Lucifer,
por ejemplo, para destrucción de sus vidas y de sus almas eternas en
sus descendientes, de hoy en día y de siempre.
Por lo tanto, para conocer a Dios, entonces hay que conocer al Señor
Jesucristo primero. Y esto fue algo que le duro mucho tiempo a Adán y
a Eva entender en sus corazones necios y rebeldes a la verdad y a la
justicia infinita del fruto de vida y de salud eterna del Árbol de
Dios, en el epicentro del paraíso, ¡el Señor Jesucristo!
EL PUEBLO QUE NO CONOCE A SU REDENTOR, ES ESCLAVO DE LA MALDAD DE OTROS
Por esta razón solamente, el pueblo del SEÑOR siempre ha sido llevado
cautivo en las manos de sus enemigos, como en los tiempos de Moisés o
de los demás reyes rebeldes de Israel, por ejemplo, por falta de
entendimiento, por falta de amor a su único redentor, de sus vidas y
de sus almas eternas, "el Cordero Escogido de Dios".
Y esto es del conocimiento del verdadero gran rey Mesías de sus almas
eternas, en la tierra y en el más allá, también, como en el paraíso
o como en el nuevo reino de los cielos: La Nueva Jerusalén Santa y
Eterna, rodeada de la gloria y de la perfecta santidad de la Ley Divina
de Dios.
Por esta razón también, sus nobles han muerto de hambre, de la
palabra de la Ley Viviente de Dios, y sus gentes resecan de sed, de sus
corazones y de sus almas eternas, sedientas día y noche de beber del
Espíritu de Dios. Y ellos murieron, no porque no hubo nadie que les
traiga la verdad y la justicia de Dios, sino porque no quisieron oír,
ni menos obedecer al llamado de Dios en sus vidas; por eso, murieron de
hambre y de sed, también.
Y Dios no desea ver jamás a sus pueblos llevados cautivos por la
palabra de mentira y de gran engaño de Satanás, sino que desea en su
corazón santo, verlos vivos y llenos de la vida sagrada de su Árbol
de vida, su gran rey Mesías del paraíso y del reino de los cielos, el
Señor Jesucristo.
Pues por falta de entendimiento de la verdad y de la justicia de su
Hijo amado, a través de los tiempos han muerto muchos de ellos, en sus
tinieblas eternas, hambrientos de la palabra de Dios y sedientos del
Espíritu Santo, también. Y de esto no fue jamás del error de Dios,
sino de sus corazones oscurecidos por sus propias palabras, llenas de
la mentira y de las profundas tinieblas de Lucifer.
Como con las palabras llenas de muerte y de destrucción, que la
serpiente le hablo a Eva, de parte de Lucifer, para engañar y así
matar a Adán y a sus descendientes, desde aquellos días en adelante
hasta nuestros días, por ejemplo, en la tierra, en donde el nombre de
Dios no es conocido en los corazones de muchas gentes.
Y esto jamás debió de ser así con Adán, ni con la vida de ninguno
de sus descendientes, si tan sólo se hubiese obedecido al mando de
Dios, aunque habían caído de la gracia de Dios y de su Jesucristo,
por ejemplo. Porque Dios siempre estuvo con ellos, aunque ellos estaban
en las tinieblas de las palabras mentirosas de Lucifer, el SEÑOR
siempre se acerco a ellos en toda la tierra, para darles de su palabra
y de su Espíritu de vida y de salud eterna.
Es decir, de que aunque Adán y Eva habían pecado, ambos gozaban de
gran vida y de salud divina en sus cuerpos corporales e espirituales,
también. Porque la bendición celestial del amor de Dios para ellos,
jamás había dejado de ser, ni tampoco la gracia redentora del fruto
de vida del Señor Jesucristo, tampoco los abandono jamás. Por lo
tanto, Adán y Eva con sus hijos sólo conocían vida y salud divina en
toda la tierra.
Ahora, la desgracia de sus vidas volvió a ellos en la tierra, como en
el paraíso y hasta peor, también, porque Lucifer regreso a sus vidas,
para atormentarlos y así entonces destruirlos uno a uno y poco a poco,
como que si Dios los hubiese abandonado, cuando esto no fue verdad
jamás. Porque Dios siempre ha estado con cada uno de ellos y hasta con
sus descendientes hasta hoy en día, en toda la tierra, por ejemplo.
Y la desgracia y el mal de Lucifer regreso a los hijos de Adán y de
Eva, por ejemplo, en la tierra, de la misma manera que se manifestó en
el paraíso para matarlos a todos. Como cuando Caín enojado con su
hermano Abel, lo golpeo y le quito la vida sin misericordia alguna en
su corazón, olvidándose de que era su hermano. Pues así también
golpeo Eva a Adán con las palabras de mentira y el fruto prohibido
para quitarle su vida celestial y lanzarlo bien lejos, lejos de Dios y
de su Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.
Es por eso, que el enojo de Caín se encendió hasta enseñorearse de
la vida de su hermano Abel, porque Dios había aceptado el sacrificio
del cordero de sus manos y no de las frutas de las manos de Él. Pues
por eso lo golpeo Caín a su hermano Abel, con gran fuerza y con su ira
equivocada, hasta matarlo fríamente con sus manos pecadoras, como si
él hubiese sido su enemigo.
En realidad, en aquel día, Caín mata a su hermano Abel, por falta de
comprensión en su corazón, de que Dios se había agradado más en su
corazón, con su sacrificio oloroso al fuego, de lo mejor de los
corderos de Abel, antes que el holocausto de fuego de frutales
exquisitos y de los mejores vegetales de la tierra.
En aquel día, Caín murió de hambre del conocimiento del nombre de
Dios en su corazón y de sed del Espíritu de Dios, porque Dios lo
castigo singularmente, como jamás había castigado a ninguna de
criaturas, alejándose de Él más que antes, para no volverlo a
bendecir, como cuando no existía pecado en su vida. A no ser que se
arrepienta de su mal proceder hacia su hermano y hacia su familia.
Porque en el día que le quito la vida a su hermano Abel, entonces
también le quito la vida a su salvador eterno, el Señor Jesucristo, a
su padre Adán y a su madre Eva, en los árboles secos y sin vida de
sus cuerpos, sobre la cima de la roca eterna, en las afueras de
Jerusalén, en Israel.
Es por eso, que cuando Caín alza su voz en arrepentimiento, por
haberle causado la muerte a Abel, entonces Dios no le respondió
inmediatamente con bendiciones de paz, de amor y de seguridad, como en
el paraíso con Adán y Eva, por ejemplo, sino que había un profundo
silencio de Dios en el cielo, por su culpa, por su pecado.
En verdad, Caín peca como el más vil pecador de la antigüedad y de
nuestros días, también, al quitarle lo más precioso del alma del
hombre, de su hermano: su vida dada por Dios mismo y por su Árbol de
vida eterna a su corazón y a su espíritu humano, en la tierra y en el
paraíso, también, para siempre.
EL IMPÍO BUSCA A DIOS, Y NO LO ENCUENTRA. PORQUE JESÚS NO ES SU
SALVADOR
Por eso, cuando los hombres pecan en contra de Dios y de su Jesucristo,
entonces ellos llaman a su Dios, y no les responde al instante, no
porque no quiera hacerlo así, sino por su culpa, por su pecado, como
cuando Caín mata a Abel, por ejemplo, por sus tinieblas, por su maldad
profunda, de no conocer a su salvador.
Porque el hombre busca a su Dios con diligencia y no lo hallara, por
cuanto aborreció el conocimiento de su Jesucristo en su corazón, y no
escogió el temor de su Dios y Formador de su alma viviente, para
amarle y para honrarle, como su Dios y como su proveedor eterno, en la
tierra y en el cielo, para siempre.
En verdad, Dios desea que el hombre, la mujer, el niño y la niña de
toda la tierra, lo busquen siempre a Él, en el poder sobrenatural de
la invocación, del nombre de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo!
Pero hay que hacerlo, desde ahora, desde hoy mismo, con amor, con
verdad y con el espíritu viviente de la justicia infinita de Dios, al
cual es la palabra viva de su Ley Eterna, en sus corazones y en sus
vidas, en la tierra y en el paraíso también.
Por cuanto, a Dios hay que amarlo a pesar del pecado, a pesar de la
adversidad, a pesar de la presencia y del poder del enemigo. Porque es
Dios mismo quien ha luchado siempre por cada uno de nosotros, en el
paraíso por Adán y Eva, por ejemplo, y por nosotros en la tierra,
también, como en las familias y en los hogares de las naciones, en
donde su nombre es honrado día y noche, por cada uno de ellos, hoy en
día y por siempre.
Ya que, Dios tiene el poder y la autoridad suprema para hacer a la
tierra un paraíso, como el de Adán y Eva, en el más allá, por
ejemplo. Pero lo único que le impide a Dios transformar a la tierra y
la vida de su humanidad eterna, en un instante de grandes milagros y de
maravillas, ha sido desde siempre: el pecado de Adán en los corazones,
de cada uno de sus descendientes, en todas las naciones del mundo
entero, en la antigüedad y hoy en día, también.
Es por eso, que la buena palabra de las sagradas escrituras, en su
hora, es de suma importancia en el corazón, de los hombres, mujeres,
niños y niñas de las naciones, para que despierten de sus tinieblas
profundas, a la luz más brillante que el Sol: la vida y la sangre
gloriosa y eternamente honrada, de nuestro salvador Jesucristo.
Porque cuando llamen a su Dios y Creador de sus almas, entonces les ha
de oír, en aquel momento, para responderles a todo lo que le pidan,
sin jamás negarles nada de sus muchas riquezas celestiales y
terrenales, también. Es más, Dios jamás le ha negado nada a nadie,
si se lo ha pedido por el poder y la autoridad suprema del nombre
sagrado de su Hijo, el Señor Jesucristo.
Dado que, nuestro Dios es grande, entonces se requiere del corazón de
todo hombre, mujer, niño y niña, de llamarle a Él, con un nombre
sumamente grande y en gran medida espiritual, todopoderoso y sumamente
glorioso, para que Dios pueda oír cada una de las peticiones, ruegos,
oraciones de sus hijos y de sus hijas, en las naciones de la tierra.
De otra manera, Dios jamás ha de poder oír a ningún hombre, mujer,
niño o niña de la humanidad entera, sin le llaman con un nombre
pequeño y desconocido, que no sea el nombre bendito y eternamente
glorioso de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque no hay un
nombre más alto que el nombre del Señor Jesucristo, en la tierra y en
el cielo, hoy en día y para siempre, en la eternidad venidera.
Entonces si hasta hoy en día, por ejemplo, te has estado acercando a
tu Dios, con un nombre de un dios pequeño o totalmente falso o
desconocido, en realidad, jamás ninguna de tus oraciones, peticiones,
intercesiones o clamores de tu corazón y hasta de tu alma afligida, no
podrán entrar en la presencia santa de Dios, en el cielo.
Visto que, ningún pecado o nombre inicuo de ídolos, imágenes y de
dioses pequeños o extraños, han entrado jamás en "el lugar santo
de los santos", en la presencia de Dios, en el reino de los cielos.
Sólo el nombre del Señor Jesucristo puede entrar en el cielo más
alto que el reino de los cielos, en el más allá, en donde mora
nuestro Padre Celestial, en perfecta santidad de su corazón y de su
alma eterna.
Es más, ni aun los ángeles pueden pedirle a Dios en el reino de los
cielos nada de nada, si no es con la invocación gloriosa del nombre
bendito de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, viviendo en sus
corazones para gloria y para honra eterna, de Dios y de su Espíritu
Santo. Fue por esta razón, que Lucifer tuvo que abandonar su vida
celestial, en el cielo. Porque él comenzó a creer en su nombre
inicuo, más que el nombre del Señor Jesucristo, y se perdió para
siempre, en esta gran falacia de su vida rebelde y eternamente
pecadora.
Entonces si los ángeles del cielo, a pesar de su gran gloria celestial
y santidad eterna, en sus corazones y en sus espíritus divinos, tienen
que aferrarse al nombre del Señor Jesucristo, para entrar en la
presencia de Dios, y pedirle todo lo que deseen sus corazones. Pues
entonces: ¿Cuánto más el hombre de la tierra?
Es decir: ¿Cuánto más el hombre, la mujer, el niño y la niña
pecadora de todas las familias, razas, pueblos, linajes, tribus y
reinos de la tierra? Porque sin Jesucristo en sus corazones, entonces
ninguno de ellos le podrá pedir nada de nada a su Dios y a su salvador
eterno, durante sus días de vida por la tierra, ni menos en el más
allá, en la eternidad venidera. En verdad, han de morir carentes de
todo conocimiento de Dios y de su Jesucristo en sus vidas.
Por ello, el conocimiento del nombre sobrenatural del Señor
Jesucristo, el Cristo de Israel y de las naciones, es de suma
importancia en nuestros corazones y en nuestras almas vivientes, para
agradar a un corazón tan santo y tan glorioso, como siempre lo ha sido
"el Corazón de nuestro Padre Celestial": Formador de nuestras
vidas y de nuestras almas eternas.
DIOS ABORRECE LO QUE EL IMPÍO AMA EN SU CORAZÓN
Por esta razón, el Espíritu de la vida santa del reino de los cielos
habla con su voz, que aun que no se oye, pero, sin embargo, llega su
mensaje a cada uno de nosotros, a todo momento, para preguntar a
nuestros corazones y a nuestras almas eternas: --¿Hasta cuándo, oh
ilusos, amaran la ingenuidad ciega?
¿Hasta cuándo los escarnecedores desearán el burlarse, y los
insensatos y necios aborrecerán el conocimiento? ¿Hasta cuándo el
inicuo amara hacer su iniquidad, pensando que nadie lo ve? ¿Hasta
cuándo el ladrón ha de seguir haciéndose dueño, de lo que no es
suyo? ¿Hasta cuándo el adultero ha de seguir mirando y amando a la
mujer que no es de él?
Porque la verdad es que Dios detesta a los ilusos, porque aman el
engaño para engañarse a ellos mismos y, a la vez, engañar a otros
con sus deficiencias psicológicas e espirituales, sin jamás entender
el mal que se están haciendo y a los demás como ellos, también. Es
por eso, que Dios también abomina a los burladores, porque aman el
burlarse de los demás aun hasta los que están enfermos, o los que
están siendo atacados por los poderes de Lucifer y de sus ángeles
caídos, por ejemplo.
Porque todo hombre, mujer, niño o niña, si no tiene la protección
perfecta del nombre del Señor Jesucristo viviendo en su corazón y en
todo su espíritu humano, entonces está totalmente abierta su vida y
su alma viviente, para ser atacado por Lucifer. De la manera que ataco
a Eva y luego a Adán, por medio de la serpiente del Jardín, por
ejemplo.
O quizá hasta puede Lucifer lanzar aun mayores ataques que los
antiguos, con la ayuda de sus ángeles caídos y de los poderes
terribles del más allá, si no nos cuidamos de él y de sus
artimañas, preparadas para destruirnos por completo, a cada uno de
nosotros, en toda la tierra, como destruyo a Adán y a Eva, en el
paraíso.
Por eso, el que tales cosas hace durante los días de su vida por la
tierra, como el ingenuo, el insensato, el iluso y el burlador, por
ejemplo, además de otros criminales y de pecadores, de la vida del
hombre de la tierra, en verdad, está viviendo en pecado de muerte y de
maldición eterna, sin saberlo en su corazón.
Es más, éste pecador, o ésta pecadora, está viviendo en el poder
del espíritu de error y de las profundas tinieblas de Lucifer y de sus
ángeles caídos, del mundo bajo del más allá, como el mundo de los
muertos, el Abadón y hasta del mismo infierno también, lo cual
significa muerte eterna, en la tierra y en su eternidad venidera.
Es por eso, que Dios ha llamado a todo hombre, mujer, niño y niña, a
que cambie su manera de vivir, entregándole a Él, su corazón y toda
su vida, solamente por medio de la fe viviente, del nombre sagrado del
Señor Jesucristo, el único posible salvador de su vida y de su alma
eterna del poder infinito del infierno.
Porque sólo en creer y en confesar a Jesucristo en sus corazones y en
sus almas, es que "está el poder y la autoridad" de Dios, nuestro
Creador Eterno, para cambiar nuestras vidas, en un instante de fe y de
oración, de una vida de tinieblas eternas, hacia una vida gloriosa,
llena de la luz de Dios, en el cielo.
Y sólo así el burlador ha de dejar de ser burlador, el insensato a de
dejar de ser insensato, el necio a de dejar de ser necio y el criminal
ha de dejar de ser criminal, para siempre. Porque ahora es el Espíritu
del Dios del cielo y de la tierra que vive en sus corazones y en sus
almas eternas, y más no el espíritu del error y de la maldad eterna
de Lucifer y de sus ángeles caídos, por ejemplo.
Por cierto, esto es vida para Dios, y más no la vida de pecado que
hemos vivido a través de los tiempos hasta nuestros días, por
ejemplo, en toda la tierra. Porque una vida de cualquier hombre, mujer,
niño o niña, sin el Espíritu de Dios y sin el toque de la sangre
gloriosa del Señor Jesucristo, en su corazón y en toda su alma
viviente, entonces no es vida, sino otra cosa extraña a Dios, en esta
vida, y en la vida venidera, en el más allá, para siempre.
Realmente, sin el conocimiento sagrado en el corazón del hombre, de la
mujer, del niño y de la niña, de todas las naciones de la tierra, de
que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios, entonces no hay luz en sus
vidas. No hay luz en el paraíso, no hay luz en el firmamento y no hay
luz en la tierra, si no hay un cambio verdadero hacia Dios y a su
Árbol de vida eterna, el Señor Jesucristo.
En verdad, no ha habido luz en la vida de aquel pecador o de aquella
pecadora, sino tinieblas tras tinieblas y cada vez mucho peores que las
anteriores, de las que han de llevar sus vidas eternas paso a paso a su
despeñadero, hacia el abismo, para que caigan en él y jamás se
vuelvan a levantar a la vida.
Y Dios jamás ha deseado éste terrible mal para ninguno de ellos, en
toda la tierra, por más pecadores que hayan sido en sus vidas y en
contra de Él, sino que Dios ha deseado siempre: sólo el
arrepentimiento de sus corazones, para sus vidas normales en la tierra
y para sus vidas celestiales y eternas, en el cielo.
Para entonces ayudarles a crecer en su luz cada día más y más, hasta
que sus días ya no sean alumbrados por la luz del Sol, sino por una
luz más brillante aun, como Dios mismo o como su Árbol de vida, que
brilla en su luz infinita ante los ojos, delante de todas las criaturas
del cielo, por ejemplo.
Y ésta es precisamente la luz que Moisés primero vio, en el lado del
Sinaí, para entonces comenzar a cambiar el destino de vida, de toda
una nación, la nación de Dios, Israel. Es por eso, que el
conocimiento del Señor Jesucristo, como el Hijo de Dios en nuestros
corazones y en nuestras almas eternas, es luz, luz para salvar la vida
y al mundo entero, para el nuevo reino de los cielos, hoy en día y en
el más allá, también, para siempre.
Además, esto ha de ser, sin duda alguna, en la nueva eternidad
venidera de Dios y de su Árbol de vida eterna, el mismo Señor
Jesucristo, con todas sus criaturas celestiales ángeles del cielo y
hombres con sus mujeres del paraíso o de la nueva ciudad eterna, La
Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa, por ejemplo.
DIOS ES QUIEN OSCURESE EL CONSEJO DEL IMPÍO Y DEL MALO
Entonces una pregunta nace en nuestros corazones: --¿Quién es ese que
oscurece el consejo con palabras sin luces, ni discernimiento alguno,
en el corazón del impío? ¿No es Dios mismo, acaso? Pues sólo él es
quien hace la llaga y la cura también. Porque toda herida que Dios
abre, en la vida del hombre, por su culpa de su pecado, no la puede
cerrar ni menos curar nadie, salvo él mismo con su diestra extendida y
todopoderosa.
Por lo tanto, es Dios quien oscurece el entender de sus enemigos, como
a Lucifer, por ejemplo y sus consejos absurdos a los ángeles caídos y
a los hombres rebeldes a Jesucristo en la tierra; por eso, Dios mismo
los ha desechado a cada uno de ellos por su culpa, por sus pecados ante
él y ante su nombre sagrado.
Y otra pregunta nace del corazón del hombre, también, pues su
corazón se pregunta siempre ¿Por qué Dios ha de oscurecer el
consejo, con palabras sin entendimiento alguno, en el corazón del
impío? Pues porque son sus enemigos; todos ellos, los que no han amado
jamás, ni menos han honrado con sus vidas: el nombre sagrado de su
corazón santo, el Señor Jesucristo. Y tú, mismo podías ser enemigo
de Dios, sin saberlo; es decir, si es que no has aceptado a su
Jesucristo en tu vida, como te ha llamado hacerlo así, desde siempre.
Por lo tanto, todo aquel que no ama a su gran rey Mesías, ni menos
cree en su corazón de que "Él es su Hijo amado", entonces camina
por densas tinieblas de su corazón por la tierra, hasta que finalmente
tropieza con alguna piedra de Lucifer, y cae abatido por las llamas de
la ira de Dios, en el infierno.
En verdad, esto fue lo que le sucedió a Lucifer y a cada uno de sus
ángeles caídos, por ejemplo, en el día de su rebelión, en el reino
de los cielos, en contra del nombre sagrado de Dios, el nombre de su
Árbol de vida, el Señor Jesucristo. En aquel día, Lucifer gozaba
como siempre, de profunda sabiduría y perfección en su vida, como
todo ángel reino celestial.
Pero cuando comenzó a maquinar en su corazón, de que podía exaltar
su nombre más alto que el nombre del Árbol de vida, el Señor
Jesucristo, en los corazones de los ángeles del cielo, entonces Dios
hizo lo correcto en contra de él. Porque Dios tenia que parar la
locura de Lucifer, de una manera u otra. Y esto tenía que ser con sus
propias palabras, llenas de tinieblas, en su corazón perdido en su
maldad infinita.
Por lo tanto, Dios sin tardarse más, entonces puso consejos llenos de
palabras sin conocimiento alguno en su corazón, para que los que
creyeren en él, caigan en sus propias trampas, para no volverse a
levantar, ni menos pisar tierra santa, en donde vive su Árbol de vida,
el salvador de la creación de Dios y de sus criaturas eternas.
Por lo tanto, en el día que nació el pecado con sus tinieblas eternas
en el corazón de Lucifer, entonces Dios ya había puesto consejo sin
entendimiento alguno en sus palabras, para que sus seguidores no
prosperen jamás, en sus caminares por el reino de los cielos, ni menos
en la tierra, de nuestros días, por ejemplo.
Es por eso, que Lucifer vive en tinieblas eternas, desde el día que se
rebelo en contra del nombre sagrado de Dios y de su Árbol de vida, en
el más allá. Y desde aquel día, cada uno de los ángeles que
creyeron en él, andan en sus lugares eternos del más allá y por la
tierra sin entendimiento alguno, en sus corazones y en sus espíritus
inicuos.
Porque cada paso que dan hacia delante para avanzar en sus maldades,
entonces tropiezan con profundas tinieblas en sus corazones y en sus
mismas vidas inicuas, para no poder alcanzar ninguna de sus metas,
porque la ira de Dios está en ellos para destruir todo lo que ellos
hagan en contra de su Hijo amado, el Señor Jesucristo.
Y lo mismo es verdad con todo pecador y con toda pecadora en toda la
tierra, sin jamás hacer excepción de persona alguna. En realidad,
ellos caminan por la tierra, sin saber por donde van, ciegos
eternamente como ellos solos. Porque la maldad de sus corazones son
profundas tinieblas del más allá, que nacieron en el corazón de
Lucifer, en el día de su rebelión, en contra del nombre del Señor
Jesucristo, en el reino de los cielos, y sólo el lago de fuego las
podrá apagar en su ultimo día, para siempre.
Además, lo único que los puede ayudar y, a la vez, salvar de su
terrible mal de sus corazones y de sus almas eternas, ha de ser si tan
sólo creen en sus corazones y confiesan con sus labios: "la verdad y
la justicia redentora" del nombre bendito del Señor Jesucristo. Y
sin el nombre de Jesucristo en su corazón, no se salva nadie de la
muerte, ni del fuego eterno, tampoco.
Porque éste es el mismo nombre sagrado de nuestro Dios y Padre
Celestial, el cual ha estado siempre en contra de Lucifer, y por el
cual Lucifer comenzó a rebelarse en contra de Dios en su vida santa y
sumamente honrada, delante de los ángeles, en el reino de los cielos,
en los días de la antigüedad, por ejemplo.
Y desde aquel día en adelante, Dios comenzó a planear para destruir
todas las obras de maldad de Lucifer, las cuales habían nacido de su
corazón inicuo, para rebelarse en contra de Dios y de su vida santa,
con los ángeles del reino de los cielos, para destruirlo todo. Pero
Dios lucho en contra de Lucifer con el poder de su Espíritu, para
derrotarlo en su propio gran plan de destrucción y de muerte eterna
para el reino de los cielos y para la tierra, también.
Por lo tanto, Dios ha vencido a Lucifer mucho tiempo atrás: sólo que
Lucifer no lo sabia aun, que ya estaba terminado por completo ante Dios
y ante toda su creación, también, por el poder sobrenatural de su
Espíritu y la vida salvadora de su gran rey Mesías, el Señor
Jesucristo, el único posible salvador de la humanidad eterna.
Entonces es por eso, que Dios envió primero a su Espíritu, desde el
comienzo de sus cosas, en el día de la creación del cielo y de la
tierra, para que sea la luz que traiga vida y salud en su Hijo a todo
ser viviente en la tierra, mucho antes de que el hombre fuese formado
por sus manos.
Es decir, que desde el día que Dios crea al hombre en la tierra, ya
Él tenia su "plan de salvación" para su vida y de las de sus
descendientes, mucho antes que Lucifer comenzase a jugar con sus vidas,
con palabras llenas de mentira y de profundas tinieblas de su corazón
perdido, en el más allá.
Es por eso, que desde el día que el hombre comienza a creer en el
nombre bendito del Señor Jesucristo en su corazón y así confiesa su
nombre sagrado con sus labios delante de Dios, entonces las tinieblas
que perturbaban su corazón y su vida, ya no están en él o en ella,
sino todo lo contrario.
En verdad, en el lugar de tinieblas, del corazón del hombre, pues
ahora hay luz y luz eterna para sus días postreros, en la tierra y en
el más allá, también, como en su nueva vida eterna, en el reino de
los cielos, por ejemplo. Porque en el reino de los cielos no hay
tiniebla alguna posible, sólo la luz del Árbol de vida de Dios
resplandece o alumbra los corazones de los ángeles y sus días,
también, en todos los días de sus vidas y en todos los rincones, de
la tierra santa del reino de Dios.
Entonces es Dios quien oscurece el consejo del hombre pecador con
palabras sin entendimiento alguno, para que tropiece en su propia
trampa de destrucción y de muerte eterna, en la tierra y en el más
allá, también, como en el fuego eterno del infierno. Porque es Dios
quien lucha día a día por la salvación del alma de todo hombre,
mujer, niño y niña de la tierra.
Y, a la vez, si el pecador y la pecadora se arrepienten de su maldad,
de no haber creído en sus corazones, ni menos aceptado en sus vidas, a
su Jesucristo, entonces Dios mismo ha de poner luz y vida en abundancia
en sus ojos y en sus almas eternas, para que no mueran jamás, sino que
vivan infinitamente justificados.
Porque ahora ya no son pecadores o pecadoras para Dios, sino que han
pasado de las tinieblas de sus corazones perdidos, a la luz del nuevo
amanecer de un nacimiento celestial, al haber creído en sus corazones
y de haber confesado con sus labios, que el Señor Jesucristo es su
Hijo amado.
En verdad, estos ya no son sus enemigos, como en el principio,
destinados ha morir muertes horrendas en la tierra o en el fuego eterno
del infierno, sino que han pasado a ser sus hijos e hijas ahora,
gracias al poder sobrenatural del espíritu de fe, de su nombre sagrado
y sobrenatural en sus corazones y sus almas eternas, también.
Por lo tanto, todo hombre que se ha constituido en hijo de Dios o toda
mujer que se ha constituido en hija de Dios, por el poder sobrenatural
de su corazón, de creer que el Señor Jesucristo es el Hijo amado del
Altísimo, entonces ya no camina por la tierra sin poder, sino todo lo
contrario.
Ahora, éste mismo pecador o ésta misma pecadora tiene poder y
autoridad sobrenatural de parte de Dios, de su Espíritu Santo y de su
Árbol de vida, para vivir su vida en la tierra, como una familia o un
pueblo eterno de Dios, redimido por la gracia salvadora de los poderes
sobrenaturales, de la sangre viviente del Señor Jesucristo.
En verdad, éste si es el pueblo de Dios sobre toda la tierra, de
muchas naciones de pueblos, razas, familias, linajes, tribus y reinos,
para entrar en sus nuevas vidas celestiales, en el nuevo reino de los
cielos, en el más allá. En donde han de ser eternamente felices con
su Dios y con su Árbol de vida, como debió de ser desde el comienzo
de todas las cosas mucho antes de que Lucifer llevase acabo su gran
maldad en contra de Dios y de su humanidad inmortal.
EL IMPÍO Y EL INICUO, NO SABEN QUE COMEN DEL PUEBLO DE DIOS
¿Acaso todos los que hacen iniquidad sobre las naciones, no saben que
comen de la tierra escogida del pueblo, del Dios del cielo y de la
humanidad entera, como si fuera pan sobre sus mesas de comer, y que,
además, a su Dios el Señor, al Eterno, no invocan? Pues son todos
ciegos y sin entendimiento alguno en sus corazones, de su Dios y de sus
muchas bendiciones y dones especiales, para sus vidas y para su salud
eterna, de cada uno de ellos, en la tierra y en su eternidad venidera
del nuevo amanecer infinito, del más allá.
Porque ha sido Dios quien ha puesto sobre la tierra de Israel, a su
Árbol de vida eterna, su Jesucristo, llenos de sus frutos de vida,
salud y de gozo eterno, para que los pueblos de la tierra coman de Él,
como si fuese "el maná del cielo" sobre sus mesas, en todos sus
hogares, en el mundo entero. Para que entonces no mueran ya, en sus
pecados y en sus culpas eternas, sino que encuentren alivio a sus
vidas, en la tierra y en el más allá, también, como en el paraíso o
como en su nueva ciudad celestial, La Nueva Jerusalén Eterna.
Y si ha sido Dios mismo, quien ha puesto su pan de vida eterna, para
que coman sobre sus mesas, en todos sus hogares, sin hacer jamás
excepción de personas, entonces. Entonces ¿por qué no invocan al
SEÑOR su Dios, como rey y Mesías celestial sobre sus vidas?
Demostrándole así a Él su agradecimiento justo por todas las cosas,
de las cuales ha hecho por ellos, desde siempre, desde el comienzo de
la creación del cielo y de la tierra, por ejemplo.
En verdad, ésta es una pregunta que el corazón de Dios siempre se ha
hecho a través de los tiempos, buscando una repuesta a ella, en los
corazones de todos los hombres de la tierra. Pero sólo en los que aman
a su verdad y a su justicia celestial, en la vida de su Jesucristo,
entonces Dios ha encontrado alguna clase de repuesta a su pregunta.
¿Y que pasa con los demás, con el resto de los pueblos de la tierra?
¿Porque no invocan al SEÑOR su Creador? Para que entonces haya
bendición y salvación eterna en sus vidas, en las vidas de cada uno
de sus hijos y de sus hijas, y así entonces no mueran, como suelen
morir los enemigos de su nombre salvador, para descender a sus bóvedas
de eterna oscuridad, en el infierno.
Dios desea bendecirlos, y no maldecirlos, con todas sus poderosas
bendiciones, de su vida santa del reino de los cielos, comenzando con
su "pan divino", por ejemplo, pero ellos no quieren éste
conocimiento, ésta alimentación celestial, para sus vidas y para sus
almas eternas. Somos como rebeldes eternos, como los ángeles caídos,
por ejemplo, rebeldes eternos al fruto de vida y de salud eterna del
Árbol de Dios, su Hijo amado.
Pues parece que sólo deseasen olvidarse de Dios, y luego morir para
descender a sus bóvedas de eterna perdición, en el más allá, en el
infierno. No hay entendimiento, ni conocimiento alguno en sus corazones
y en sus mentes; parecen estar ya muertos y enterrados en sus propias
bóvedas eternas del más allá, del mundo de los muertos.
Pero aunque esto es verdad para muchos, si no todos, en todos los
pueblos de la tierra, Dios aun así desea redimirlos, y sacarlos de sus
tinieblas eternas, a la luz más brillante que el Sol, la vida y la
sangre santísima de su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Porque nada
brilla más con pureza, con santidad, con verdad, con justicia infinita
y con el amor eterno de su corazón, como su Árbol de vida, ¡el
Señor Jesucristo! en el corazón del hombre penitente de la tierra,
por ejemplo.
Puesto que, sólo en el Señor Jesucristo están los poderes del
perdón de pecados, la sanidad de los corazones y de los cuerpos y de
las almas de los hombres y, además, la felicidad eterna de la
salvación de sus vidas, para luego entrar en sus nuevas vidas
celestiales, en el más allá, en el nuevo reino de los cielos.
Porque sólo el Señor Jesucristo es el pan de vida y de salud eterna
de todo hombre, mujer, niño y niña, que ha descendido del cielo para
alimentar con salud y con vida eterna a cada uno de ellos, en todas las
naciones de la tierra. Entonces es la voluntad de Dios, de que todos
los pueblos de la tierra coman de su pueblo eterno, para alimentar sus
almas eternas, con el pan de vida de su Hijo amado, el Señor
Jesucristo.
Por cuanto, ha sido el Señor Jesucristo quien ha sido enviado de la
vida santa del reino de los cielos, para bendecir a todos los pecadores
y a todas las pecadoras del mundo entero, de parte de Dios y de su
Padre Celestial para manifestarles su amor infinito, en sus propios
corazones y en sus propios labios, también. Con el fin de que
despierten de sus muertes eternas a la vida y a la felicidad celestial,
de vivir y de conocer a su Dios y Creador eterno de sus almas
vivientes, en esta vida y en su nueva vida celestial, en el cielo.
EL IMPÍO Y EL INICUO DICEN: NO QUEREMOS EL CONOCIMIENTO DE DIOS
Porque Dios no desea oír de ninguno de ellos, de los necios de la
tierra, por ejemplo, decirle a Él, a su Dios Viviente y Formador de
sus vidas, en el paraíso, en la tierra y en el nuevo reino de los
cielos: ¡Apártate de nosotros! ¡No queremos el conocimiento de tus
caminos! ¡No queremos saber del camino al cielo!
Porque de esto, Dios ya ha oído demasiado a muchas gentes, de las que
se han perdido en sus maldades terribles de sus corazones, por no
querer recibir, ni menos amar a la vida gloriosa y sumamente santa de
su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Por ellos, el infierno se ha
engrandecido mucho, a través de los tiempos, hasta nuestros días. A
causa de Lucifer y de ellos existen el infierno y su fuego eterno en el
lago de fuego, la segunda muerte final del alma pérdida y del
espíritu rebelde los ángeles caídos.
En verdad, el infierno es un lugar que jamás se sacia de tragar almas
perdidas en las profundas oscuridades de sus corazones perdidos y del
espíritu terrible de rebelión de Lucifer y de sus ángeles caídos. Y
el hombre va a éste lugar horrendo, en el más allá, porque el
espíritu del error y de la rebelión de Lucifer vive en él, día y
noche, hasta que se pierde eternamente en su muerte en la tierra y en
el infierno.
Y esto es, de la misma manera que vivió en sus primeros días, en el
reino de los cielos, en el día que se rebelo Lucifer junto con sus
ángeles caídos, en contra del nombre sagrado, del Árbol de la vida y
de la salud eterna, Jesucristo, el salvador de todo hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera.
Ahora, Lucifer hizo esta gran maldad, delante de Dios y de su Espíritu
Santo, no sólo para enseñorearse y exaltarse más alto que el nombre
de Dios, sino también para adueñarse de las tierras santas con sus
ángeles eternos, del reino de los cielos. Y esta fue, y es hoy en
día, una gloria de la vida sagrada del reino de los cielos, la cual
Lucifer deseo mucho en su corazón obtenerla, a como de lugar, a punta
de mentiras, con grandes decepciones, o a la fuerza física y
espiritual, también, hasta donde fuese posible con él y con sus
secuaces.
Pero no pudo, por más que se esforzó, porque el Señor Jesucristo se
lo impidió, con el poder sobrenatural de su carácter santo y
sumamente glorioso, también. Además de todo, el Señor Jesucristo
siempre fue más fuerte que Él, aun en sus mejores momentos de
supuesta gloria y control de los ángeles y del reino de los cielos, en
el día de su rebelión.
Ahora, en el día de su formación, el Señor Jesucristo estuvo con
Dios para hacerlo a Lucifer perfecto y sabio en todos sus caminos, para
el servicio de Dios y de su nombre. Pero jamás Dios, ni Jesucristo
tampoco, hicieron nada para que Lucifer se exaltase más alto que su
nombre sagrado, y se rebelase en contra de ellos y de todas sus
criaturas eternas, en toda su creación celestial y de la tierra, de
nuestros días, también.
En verdad, Lucifer se perdió en las profundas tinieblas de su corazón
engañado, porque deseo el conocimiento de Dios y de su Jesucristo,
como de su mismo corazón, como propiedad suya y única, pero no lo
pudo obtener jamás. Y éste terrible error de su corazón, le costo
bien caro a su espíritu inicuo, para que lo pierda todo y hasta su
misma vida, entre las llamas eternas de la ira de Dios, en el más
allá, en el lago de fuego, su segunda y final muerte, en el más
allá.
Porque en el día que Lucifer peca en contra de Dios, en verdad, en
éste día él murió como arcángel guardián del nombre sagrado de
Dios y de su Hijo amado. Por lo tanto, el Lucifer de una de las
primeras glorias de Dios, en el reino de los cielos, deja de existir
para descender a su lugar eterno del bajo mundo, en el infierno.
Y lo mismo es verdad con cada uno de los ángeles caídos y sus glorias
perdidas para siempre; ellos también murieron como ángeles de gran
gloria y de gran poder, para adorar y para honrar a Dios y a su
Jesucristo, en el reino de los cielos. Pues como Lucifer descendió a
sus lugares de perdición eterna, en el más allá, en el bajo mundo de
los muertos, el infierno, por ejemplo, así también los ángeles
caídos. Y ahí están, hoy en día, esperando su condena final, de los
labios de Dios, dependiendo de cuanto ofendieron a Dios y su nombre
salvador de su Árbol de vida, ¡el Señor Jesucristo!
Pues así también desciende todo aquel y toda aquella a su lugar
eterno, que no ame a su Dios y rechace en su corazón: el conocimiento,
de que Jesucristo es su Hijo amado, para bendición y para salud
eterna, de su corazón y de su alma, en la tierra y en el paraíso,
también, en el reino de los cielos.
Porque todos los que caminan en sus vidas por la tierra, en el
espíritu de amor de Dios y de su Jesucristo, entonces dicen con sus
labios al Dios de su formación y vida eterna: ¡Te amamos, oh Dios
nuestro! ¡Deseamos saber más de ti y de tus caminos por la tierra!
¡Danos de tu Espíritu Santo, para encontrar nuestros pasos delante de
tu presencia santa y así no volvernos alejar jamás de tu Árbol de
vida, como lo hizo Adán y Eva, en el día de su gran error de sus
corazones y de sus almas eternas!
En verdad, Dios ha de oír la oración o petición de aquel hombre
pecador o de aquella mujer pecadora, para perdonar sus pecados y darle
de comer y de beber siempre, de los frutos de vida eterna, de su Árbol
de vida, su Hijo amado, ¡el Señor Jesucristo! Y si hoy en día:
invocas a Jesucristo con tu fe en tu corazón y con las palabras de su
nombre santo en tus labios, entonces Él mismo, y no otro, ha de
perdonar tus pecados eternamente y para siempre.
Y, al mismo tiempo, en un momento de un nuevo nacer de su Espíritu
Santo, con milagros y maravillas del cielo, ha de llenar tu vida de su
Espíritu de vida y de salud eterna, para que vivas y jamás tengas que
morir, en la tierra ni en el más allá, tampoco, para siempre, sino
que sólo tendrás vida abundantemente.
Pues por falta de conocimiento el pueblo de Dios ha sido siempre
atacado terriblemente para destruir sus vidas día a día, en todos los
lugares de la tierra. Y han sufrido mucho durante los tiempos de sus
vidas por la tierra, porque han rechazado "la verdad y la justicia
redentora" de aquel que tenia que "vivir la Ley de Dios y de
Moisés" por ellos, para cumplirla al pie de su letra, para siempre,
en sus mismas vidas, en la tierra y en el paraíso.
Efectivamente, esto ha sido de cumplirla renglón por renglón, palabra
por palabra, tilde por tilde, hasta cumplir sus significados eternos,
en toda la tierra y en su humanidad infinita, para gloria y para honra
del nombre bendito de Dios, en sus corazones y en sus almas viviente,
hoy en día y para siempre, en la nueva eternidad venidera.
Porque de otra manera, "sin el cumplimiento de la Ley de Dios y de
Israel", por la vida sagrada del gran rey Mesías, entonces "la
vida eterna no hubiese sido posible jamás" para ningún hombre,
mujer, niño y niña en todas las familias, de las naciones de la
tierra, comenzando con la vida de Israel, del ayer y de siempre.
Por lo tanto, los antiguos se hicieron mucho daño, al no creerle a su
Dios y Fundador de sus vidas, en la tierra y en el más allá, cuando
les manifestaba a ellos: su Hijo amado, al Árbol de la vida, el dador
de la vida de todo ángel del cielo y de todo hombre de la tierra, por
ejemplo.
Porque era sumamente fundamental éste gran conocimiento en sus
corazones eternos, para complacer toda verdad y toda justicia de la
vida misma de la Ley Viviente de Dios, en el paraíso, en todo los
lugares del reino de los cielos, como en La Nueva Jerusalén Celestial,
por ejemplo, y sobre toda la tierra, de nuestros días, también.
Porque lo peor que el hombre podría hacer en contra de su misma vida y
de Dios, también, ha sido el mismo pecado de siempre: Esto es de
olvidarse de su Ley Santa y Eternamente gloriosa. Porque ésta Ley de
Dios, la cual se la entrego a Moisés por vez primera al hombre y a la
humanidad entera, fue para que las gentes de la tierra, viesen,
sintiesen y honrasen la vida santa y eternamente honrada de su Hijo, la
cual la ha vivido desde siempre, en su presencia santa, en el reino de
los cielos.
Además, Dios deseaba que cada hombre, mujer, niño y niña, conozca
ésta vida misma del cielo, la de su Árbol de vida, la de su Hijo,
para entonces poderlos redimir de sus más terribles pecados, por la
sangre sobrenatural que había de salir de ésta vida de la Ley Antigua
y Perfecta, de Dios y de su Espíritu Santo.
Históricamente, las gentes de sus pueblos jamás entendieron ésta
gran verdad, ésta gran justicia, en sus corazones, por lo tanto, ellos
murieron por falta del conocimiento de Dios y de su gran "Cordero
Escogido", su Emanuel, ¡el Cristo!, ¡La Ley Viviente del más
allá, del reino de Dios, en la vida del Hijo de David! ¡Pues sólo
Jesucristo es un hombre ungido desde el paraíso por Dios, para la
eternidad de Dios y de su humanidad eterna!
Y el hombre de la antigüedad, como el hombre de hoy en día y de
siempre, por ejemplo, ha transgredió a la Ley de Dios y de Moisés,
como también transgredió de la misma manera, proféticamente, con la
vida gloriosa y eternamente sagrada del Señor Jesucristo, al
rechazarlo y al entregarlo al poder de la muerte, sobre la cima de la
roca eterna celestial.
De veraz, esto sucedió, porque tenia que ser así, para entonces Dios
mismo por medio de los poderes sobrenaturales, de la vida gloriosa de
la Ley, manifestada diariamente en la vida del gran rey Mesías,
entonces ponerle fin al ángel de la muerte y a su pecado eterno, en el
corazón de los hombres, mujeres, niños y niñas, de la tierra.
Porque de otra manera, el conocimiento de la salvación del alma eterna
del hombre y de la mujer, entonces hubiese sido totalmente imposible
para cada uno de ellos, comenzando con Adán y Eva, por ejemplo, desde
el paraíso y por toda la tierra, también, hasta el fin de la vida, en
su ultimo día para toda la humanidad, por ejemplo.
Y Dios no ha deseado que ningún pecador, jamás muera en su pecado,
para que el infierno y el lago de fuego sean destruidos por Él. Porque
Dios tiene el poder y la autoridad sobrenatural para destruir las
llamas eternas del más allá, del infierno y del lago de fuego eterno.
Pero estos lugares terribles de tormento eterno siempre han de existir
por culpa de Lucifer y de sus secuaces, como los insensatos, los
burladores, los necios y demás pecadores de la humanidad entera, de
hoy en día y de siempre.
Puesto que, si los pecadores no existiesen, entonces el infierno y el
lago de fuego, tampoco existiesen en el más allá, para siempre.
Porque Dios jamás deseo la muerte del impío e inicuo, como los
insensatos, los burladores y los necios de toda la humanidad. Por lo
tanto, Dios ha esperado con gran paciencia, desde siempre, para ver que
los insensatos abandonen el espíritu de error de sus insensateces.
Dios también espera de igual forma por los burladores, para que
abandonen el espíritu burlador que siempre han manifestado, en contra
de sus hermanos y de sus hermanas. Dios también ha sido paciente para
con los necios de toda la tierra, esperando que abandonen el espíritu
de necedad y de rebelión de sus corazones, al no querer creer, ni
menos confesar con sus labios, de que el Señor Jesucristo es su Hijo
amado.
Y esto es de que el Señor Jesucristo ha sido su Hijo amado, desde
siempre, desde los primeros días de la antigüedad y hasta nuestros
días y por siempre, en el reino de los cielos, por ejemplo. Porque es
justicia eterna, de que todo corazón del ángel y del hombre, mujer,
niño y niña, crea en su vida y así confiese con sus labios, de que
el Señor Jesucristo es su Hijo amado, el salvador de Israel y de las
naciones de la humanidad entera, hoy en día y por siempre, en el nuevo
reino de Dios.
De otra manera, nadie podrá jamás cumplir "la verdad y la justicia
infinita" de nuestro Dios y Padre Celestial en su corazón y en toda
su alma viviente, también. Y esto es, de que el Señor Jesucristo es
el gran rey Mesías de Israel y el único que se ha de sentar en "el
trono de David", no solamente en Israel, sino en el cielo, también,
para gobernar a todas las naciones de la tierra, desde su lugar santo,
en el más allá.
Entonces mis estimados hermanos y mis estimadas hermanas consideren lo
que Dios mismo les ha manifestado desde siempre, en su palabra
viviente, por la palabra de sus siervos y de sus siervas, a través de
los tiempos y hasta nuestros días, por ejemplo. Porque su palabra ha
salido de Él, no para caer en la tierra y en el olvido eterno, sino en
el mismo corazón del hombre para que toque su alma y haga en él por
lo que la envió a la tierra.
Y esto es, de que Dios mismo por los poderes sobrenaturales de su
Espíritu Santo, les ha de entregar todo conocimiento de sus corazones,
en la tierra y en el paraíso, también, para que conozcan más y más
de su Dios y de su salvador eterno, el Señor Jesucristo, hoy en día y
por siempre, en el más allá.
Porque sólo el Espíritu de la sabiduría, de las palabras de vida de
Dios, en su sagrada escritura, los ha de llevar a cada uno de ustedes
día a día y de gloria en gloria a su lugar eterno y perfecto, en el
más allá, en el nuevo reino de Dios, en los cielos. Porque estos
lugares santos del reino de los cielos son de ustedes, y no de los
ángeles. Ya que, el Señor Jesucristo los ha preparado por amor a cada
uno de sus fieles a su nombre bendito en sus corazones eternos, para
gloria y para honra eterna, de nuestro Dios y Padre Celestial.
Por lo tanto, caminen con el Espíritu del Señor por toda la tierra,
el cual ha descendido del cielo, desde el lugar santo de los santos de
nuestro Dios y Padre Celestial, por amor a cada uno de ustedes, para
que vivan la vida eterna, desde ya, en sus corazones y en sus almas
vivientes, también.
Porque esta salvación de Dios, y éste reino de los cielos, no es para
el futuro, sino para hoy mismo en cada uno de ustedes, en todos sus
corazones, en sus millares, de todas las familias, razas, tribus,
pueblos, linajes y reinos de la tierra. Sólo el espíritu de error les
ha hecho pensar que todas estas cosas buenas, de nuestro Padre
Celestial y de su Hijo amado, el salvador eterno de nuestras vidas, el
Señor Jesucristo, son para el futuro y no para hoy en día.
Por esta razón es muy bueno, de que dejen a un lado las amistades de
los insensatos, de los burladores, de los necios y faltos de todo
entendimiento de Dios y de su Hijo amado, el Señor Jesucristo, para
que no mueran jamás, sino que vean la vida eterna, desde ahora mismo,
en sus días de vida por la tierra.
En verdad, es mejor vivir apartado del necio, pues en sus labios no hay
ningún saber, sólo la palabra de peligro, de tropiezo y de perdición
eterna. Entonces conociendo ésta gran verdad en sus corazones, mis
estimados hermanos y mis estimadas hermanas, pues vengan, acérquense
al sabio, al dador de la vida y de la salud eterna, de sus corazones y
de sus almas vivientes, al Todopoderoso de Israel y de las naciones del
mundo entero.
Si, acérquense más y más a su Dios y Creador de sus vidas, en la
tierra y en el paraíso, también, para la nueva eternidad venidera, en
el más allá, en su nuevo reino de los cielos. Porque Dios desea ver a
todo hombre, mujer, niño y niña de todas las familias y naciones del
mundo entero, vivir con Él y con su Árbol de vida, en su nueva vida
celestial, desde hoy mismo y por los siglos de los siglos, si sólo
confían en sus corazones en la salvación perfecta de su Hijo, el
Señor Jesucristo.
Porque siempre los hombres y mujeres de los pueblos de Dios en toda la
tierra, se han manifestado carentes de todo entendimiento "a la
verdad y a la justicia redentora" de su pacto eterno, su Cordero
Escogido, el Santo de Israel y de las naciones del mundo entero, el
Señor Jesucristo.
Pues en vez de ser sabios, para con Dios y para con su Hijo amado, en
verdad, han hecho todo lo contrario. Sabiendo hacer el bien, pues han
preferido siempre, por culpa del espíritu de error, en sus vidas,
hacer el mal, que destruye y mata sus vidas, en la tierra y en el más
allá, también.
Por lo tanto, Dios llama a todos ellos: al arrepentimiento, que salgan
de sus insensateces habituales, y se entreguen de lleno a la verdad y a
la justicia redentora, de la sangre vertida y viviente por siempre de
su gran Cordero Celestial, para perdón de sus pecados. Y sólo así
entonces todos ellos puedan alcanzar eternamente y para siempre: El
conocimiento de la redención eterna de sus almas vivientes, en la
tierra y en el paraíso, también, hoy en día y para siempre.
Y de esto ha de ser una realidad, en cada uno de ellos, con sólo creer
en sus corazones y así confesar con sus labios, con el poco de fe de
sus vidas, en una oración elevada al cielo, diciéndole al Eterno, de
su que su Hijo es santo en sus corazones, para miles de siglos
venideros en la eternidad venidera. Amén.
El amor de nuestro Padre Celestial y de su Jesucristo es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre Celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y honra
a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el cielo,
también, para siempre, Padre Celestial, en el nombre de tu Hijo amado,
el Señor Jesucristo.
LOS ÍDOLOS SON UNA OFENSA / AFRENTA A LA LEY PERFECTA DE DIOS
Es por eso que los ídolos han sido desde siempre: un tropiezo a la
verdad de Dios y al poder de Dios en tu vida. Un tropiezo eterno, para
que la omnipotencia de Dios no obre en tu vida de acuerdo, a la
voluntad perfecta del Padre Celestial y de su Espíritu Eterno. Pero
todo esto tiene un fin en tu vida, en ésta misma hora crucial de tu
vida. Has de pensar quizá que el fin de todos los males de los ídolos
termine, cuando llegues al fin de tus días. Pero esto no es verdad.
Los ídolos con sus espíritus inmundos te seguirán atormentando día
y noche entre las llamas ardientes del fuego del infierno, por haber
desobedecido a la ley viviente de Dios. En verdad, el fin de todos
estos males está aquí contigo, en el día de hoy. Y éste es el
Señor Jesucristo. Cree en Él, en espíritu y en verdad. Usando
siempre tu fe en Él, escaparas los males, enfermedades y los tormentos
eternos de la presencia terrible de los ídolos y de sus huestes de
espíritus infernales en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos
también, en la eternidad del reino de Dios. Porque en el reino de Dios
su ley santa es de día en día honrada y exaltada en gran manera, por
todas las huestes de sus santos ángeles. Y tú con los tuyos, mi
estimado hermano, mi estimada hermana, has sido creado para honrar y
exaltar cada letra, cada palabra, cada oración, cada tilde, cada
categoría de bendición terrenal y celestial, cada honor, cada
dignidad, cada señorío, cada majestad, cada poder, cada decoro, y
cada vida humana y celestial con todas de sus muchas y ricas
bendiciones de la tierra, del día de hoy y de la tierra santa del más
allá, también, en el reino santo de Dios y de su Hijo amado, ¡el
Señor Jesucristo!, ¡El Todopoderoso de Israel y de las naciones!
SÓLO ESTA LEY (SIN ROMPERLA) ES LA LEY VIVIENTE DE DIOS
Esta es la única ley santa de Dios y del Señor Jesucristo en tu
corazón, para bendecirte, para darte vida y vida en abundancia, en la
tierra y en el cielo para siempre. Y te ha venido diciendo así, desde
los días de la antigüedad, desde los lugares muy altos y santos del
reino de los cielos:
PRIMER MANDAMIENTO: "No tendrás otros dioses delante de mí".
SEGUNO MANDAMIENTO: "No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo
que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas
debajo de la tierra. No te inclinarás ante ellas ni les rendirás
culto, porque yo soy Jehová tu Dios, un Dios celoso que castigo la
maldad de los padres sobre los hijos, sobre la tercera y sobre la
cuarta generación de los que me aborrecen. Pero muestro misericordia
por mil generaciones a los que me aman y guardan mis mandamientos".
TERCER MANDAMIENTO: "No tomarás en vano el nombre de Jehová tu
Dios, porque Él no dará por inocente al que tome su nombre en
vano".
CUARTO MANDAMIENTO: "Acuérdate del día del sábado para
santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra, pero el
séptimo día será sábado para Jehová tu Dios. No harás en ese día
obra alguna, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu
sierva, ni tu animal, ni el forastero que está dentro de tus puertas.
Porque en seis días Jehová hizo los cielos, la tierra y el mar, y
todo lo que hay en ellos, y reposó en el séptimo día. Por eso
Jehová bendijo el día del sábado y lo santificó".
QUINTO MANDAMIENTO: "Honra a tu padre y a tu madre, para que tus
días se prolonguen sobre la tierra que Jehová tu Dios te da".
SEXTO MANDAMIENTO: "No cometerás homicidio".
SEPTIMO MANDAMIENTO: "No cometerás adulterio".
OCTAVO MANDAMIENTO: "No robarás".
NOVENO MANDAMIENTO: "No darás falso testimonio en contra de tu
prójimo".
DECIMO MANDAMIENTO: "No codiciarás la casa de tu prójimo; no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su
buey, ni su asno, ni cosa alguna que sea de tu prójimo".
Entrégale tu atención al Espíritu de Dios y déshazte de todos estos
males en tu hogar, en tu vida y en la vida de cada uno de los tuyos,
también. Hazlo así y sin mas demora alguna, por amor a la Ley santa
de Dios, en la vida de cada uno de los tuyos. Porque ciertamente ellos
desean ser libres de sus ídolos y de sus imágenes de talla, aunque
tú no lo veas así, en ésta hora crucial para tu vida y la vida de
los tuyos, también. Y tú tienes el poder, para ayudarlos a ser libres
de todos estos males, de los cuales han llegado a ellos, desde los
días de la antigüedad, para seguir destruyendo sus vidas, en el día
de hoy. Y Dios no desea continuar viendo estos males en sus vidas, sino
que sólo Él desea ver vida y vida en abundancia, en cada nación y en
cada una de sus muchas familias, por toda la tierra.
Esto es muy importante: Oremos junto, en el nombre del Señor
Jesucristo. Vamos todos a orar juntos, por unos momentos. Y digamos
juntos la siguiente oración de Jesucristo delante de la presencia
santa del Padre Celestial, nuestro Dios y salvador de todas nuestras
almas:
ORACIÓN DEL PERDÓN
Padre nuestro que estás en los cielos: santificada sea la memoria de
tu nombre que mora dentro de Jesucristo, tu hijo amado. Venga tu reino,
sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra. El
pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Perdónanos nuestras deudas,
como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas
en tentación, mas líbranos del mal. Porque tuyo es el reino, el poder
y la gloria por todos los siglos. Amén.
Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, vuestro Padre Celestial
también os perdonará a vosotros. Pero si no perdonáis a los hombres,
tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.
Por lo tanto, el Señor Jesús dijo, "Yo soy el CAMINO, y la VERDAD, y
la VIDA ETERNA; nadie PUEDE VENIR al PADRE SANTO, sino es POR MÍ".
Juan 14:
NADIE MÁS TE PUEDE SALVAR.
¡CONFÍA EN JESÚS HOY!
MAÑANA QUIZAS SEA DEMASIADO TARDE.
YA MAÑANA ES DEMASIADO TARDE PARA MUCHOS, QUE NO LO SEA PARA TI Y LOS
TUYOS, EN EL DÍA DE HOY.
- Reconoce que eres PECADOR en necesidad, de ser SALVO de éste MUNDO y
su MUERTE.
Dispónte a dejar el pecado (arrepiéntete):
Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucito al tercer
día por el Poder Sagrado del Espíritu Santo y deja que entré en tu
vida y sea tu ÚNICO SALVADOR Y SEÑOR EN TU VIDA.
QUIZÁ TE PREGUNTES HOY: ¿QUE ORAR? O ¿CÓMO ORAR? O ¿QUÉ DECIRLE
AL SEÑOR SANTO EN ORACIÓN? -HAS LO SIGUIENTE, y di: Dios mío, soy un
pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo ha derramado su
SANGRE PRECIOSA y ha muerto por mi pecado. Estoy dispuesto a dejar mi
pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida, como mi
SALVADOR.
¿Aceptaste a Jesús, como tu Salvador? ¿Sí _____? O ¿No _____?
¿Fecha? ¿Sí ____? O ¿No _____?
Si tu respuesta fue Si, entonces esto es solo el principio de una nueva
maravillosa vida en Cristo. Ahora:
Lee la Biblia cada día para conocer mejor a Cristo. Habla con Dios,
orando todos los días en el nombre de JESÚS. Bautízate en AGUA y en
El ESPÍRITU SANTO DE DIOS, adora, reúnete y sirve con otros
cristianos en un Templo donde Cristo es predicado y la Biblia es la
suprema autoridad. Habla de Cristo a los demás.
Recibe ayuda para crecer como un nuevo cristiano. Lee libros cristianos
que los hermanos Pentecostés o pastores del evangelio de Jesús te
recomienden leer y te ayuden a entender mas de Jesús y su palabra
sagrada, la Biblia. Libros cristianos están disponibles en gran
cantidad en diferentes temas, en tu librería cristiana inmediata a tu
barrio, entonces visita a las librerías cristianas con frecuencia,
para ver que clase de libros está a tu disposición, para que te
ayuden a estudiar y entender las verdades de Dios.
Te doy las gracias por leer mí libro que he escrito para ti, para que
te goces en la verdad del Padre Celestial y de su Hijo amado y así
comiences a crecer en Él, desde el día de hoy y para siempre.
El salmo 122, en la Santa Biblia, nos llama a pedir por la paz de
Jerusalén día a día y sin cesar, en nuestras oraciones. Porque ésta
es la tierra, desde donde Dios lanzo hacia todos los continentes de la
tierra: todas nuestras bendiciones y salvación eterna de nuestras
almas vivientes. Y nos dice Dios mismo, en su Espíritu Eterno:
"Vivan tranquilos los que te aman. Haya paz dentro de tus murallas y
tranquilidad en tus palacios, Jerusalén". Por causa de mis hermanos
y de mis amigos, diré yo: "Haya paz en ti, siempre Jerusalén".
Por causa de la casa de Jehová nuestro Dios, en el cielo y en la
tierra: imploraré por tu bien, por siempre.
El libro de salmos 150, en la Santa Biblia, declara el Espíritu de
Dios a toda la humanidad, diciéndole y asegurándole: - Qué todo lo
que respira, alabe el nombre de Jehová de los Ejércitos, ¡el
Todopoderoso! Y esto es, de toda letra, de toda palabra, de todo
instrumento y de todo corazón, con su voz tiene que rendirle el
hombre: gloria y loor al nombre santo de Dios, en la tierra y en las
alturas, como antes y como siempre, por la eternidad.
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