Chechenia. La tragedia de un pueblo
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Author: ihwh_ihwh
Date: Aug 6, 2008 11:46

Miguel Vázquez Liñán

Lunes 14 de julio de 2008, por Revista Pueblos
Chechenia, en el imaginario colectivo español (y no es una excepción),
no es un lugar: es una guerra. Una guerra sucia, manchada de petróleo
y corrupción endémica que comenzó en 1994 y que, tras un breve
paréntesis, ha sido cerrada en falso por el ya ex presidente ruso
Vladímir Putin, con la implantación de una paz de cementerio gobernada
por el sátrapa local, Ramzán Kadyrov.

La República de Chechenia es un pequeño territorio perteneciente a la
Federación Rusa, de unos 15.000 km. cuadrados (aproximadamente el
tamaño de la provincia de Sevilla), situado en la vertiente
nororiental de la gran cordillera del Cáucaso, una zona de abigarrada
composición étnica e indudable importancia geoestratégica, que ha
hecho de la región un punto de fricción entre diferentes imperios a lo
largo de su historia. Organizada socialmente en clanes (teip en su
denominación local), Chechenia cuenta con una mayoría de musulmanes
suníes, lengua propia (el naj) y una población que rondaría los
700.000 habitantes, punto éste difícil de contrastar debido a las
consecuencias de la guerra y a las particularidades de los censos
llevados a cabo por Rusia.

Y sí, tiene petróleo y gas natural. Además de su modesta producción
propia, por su territorio pasan algunos de los oleoductos más
importantes de la región (como el que va desde Bakú a Novorossiisk,
ciudad rusa del Mar Negro); una región, el Cáucaso que, junto a Asia
Central, ha estado en el punto de mira internacional desde que cayera
la Unión Soviética, sobre todo por su riqueza en hidrocarburos.
Tradicionalmente, el petróleo y el gas de esa gran zona han sido
canalizados hacia el norte, a Rusia, y desde ahí, a través de la red
de conducción de ese país, a los mercados internacionales. Pero la
desintegración de la URSS abrió otras posibilidades, alentadas por
compañías privadas, gobiernos de países occidentales, y posteriormente
China, que pasaban por evitar el territorio ruso para el traslado de
los hidrocarburos centroasiáticos (especialmente de Kazajstán y
Turkmenistán) y el petróleo azerí. En un mundo que sigue dependiendo
energéticamente del petróleo y el gas, la apertura de un nuevo mercado
no podía sino desencadenar una reacción de esta índole.

Las reservas de hidrocarburos del Cáucaso y Asia Central no son
espectaculares (oscilan, según diferentes cálculos, entre un 3 y un 5
por ciento del total mundial), pero sí significativas teniendo en
cuenta que, a diferencia de otros productores mundiales, los países de
la zona producen bastante pero no consumen casi nada, por lo que la
mayor parte de sus reservas se destina a la exportación. Por otra
parte, las petroleras vieron una oportunidad de conquistar un trozo
del pastel de los hidrocarburos que, a nivel internacional, sigue
estando ampliamente dominado por los Estados.

El petróleo: un botín de guerra

La neonata Federación Rusa tuvo que afrontar, desde 1991, problemas
estructurales de toda índole derivados de la desaparición de la Unión
Soviética; pero nunca vio la separación de las 15 repúblicas federadas
que la constituían como la independencia total de las mismas a la hora
de elegir su futuro. La fuerte influencia de Moscú, sobre todo en el
Cáucaso y Asia Central, no debía ponerse en duda… pero se estaba
haciendo. Rusia, entonces, enseñó los dientes para mostrar que no
estaba dispuesta a replegarse en el Cáucaso y Asia Central.

Chechenia, un territorio de rango menor y que, administrativamente,
pertenecía a la Federación Rusa, declaró unilateralmente su
independencia un mes antes de la desaparición de la URSS. La pequeña
república autónoma estaba gobernada por Dzhojar Dudáev, un general de
división de la aviación soviética que, apoyándose en una formación
política de reciente creación, el Congreso Nacional del Pueblo
Checheno, había disuelto, en septiembre de 1991, el Soviet Supremo de
la entonces República Autónoma de Chechenia-Ingushetia. En octubre de
ese año convocó y ganó unas elecciones que pocos dudaron en calificar
de fraudulentas, comenzando así una etapa marcada por el autoritarismo
y el culto a la personalidad, así como por un aumento de la actividad
de las redes mafiosas que controlaban buena parte de la maltrecha
economía chechena. Yeltsin, por su parte, se mostró claramente incapaz
de resolver el entuerto checheno y se dejó convencer por el llamado
"partido de la guerra", compuesto por el ala dura de sus consejeros,
ardientes partidarios de dar un escarmiento militar a la bravuconería
de Dudáev. Y la guerra comenzó en diciembre de 1994.

Como era de esperar, el control del petróleo, en manos de redes
mafiosas chechenas ya en 1994, pasó a las no menos mafiosas redes
rusas o, en su defecto, a "consorcios" de señores de la guerra ruso-
chechenos. El oleoducto Bakú-Novorossiisk, a su paso por Chechenia,
fue en parte desenterrado y las fugas aparecieron por doquier para
surtir a todo tipo de organizaciones criminales. Pero el gran bocado
eran los pozos de petróleo, convertidos por las autoridades chechenas,
y después por los federales rusos, en moneda de pago de favores y, por
supuesto, en botín de guerra. La periodista Anna Politkóvskaya,
asesinada en 2006, testimonió que, en 2000, durante la segunda guerra,
la corrupción en torno al petróleo adoptaba las mismas formas que a
mediados de los noventa:

"Otro indicio sobre los posibles intereses petrolíferos de los hombres
uniformados es la ausencia de batallas en las proximidades de los
pozos. Aquí no se ven edificios destruidos. Ambos bandos han protegido
los asentamientos, tanto los federales como los combatientes
chechenos. Las tropas federales sólo vienen a realizar sus
‘operaciones de limpieza’ cuando la población se indigna ante la
barbarie de las bandas criminales" [1] .

En 1996, un frágil tratado de paz, que certificaba la derrota militar
rusa, dio paso a un período de caos interno en Chechenia y de
resentimiento mal disimulado en Moscú. Poco después, en 1999, cuando
el teniente coronel Vladímir Putin fue nombrado primer ministro y
candidato a la presidencia, el ejército federal volvería a bombardear,
con saña desmedida, Chechenia. Y la "amenaza del terrorismo checheno"
se convirtió en trampolín electoral para Putin.

Entre agosto y septiembre de 1999, un comando checheno dirigido por
Shamil Basáev entra en Daguestán con el objetivo de crear un "califato
del Cáucaso". Al mismo tiempo, varias explosiones en edificios de
viviendas provocan, principalmente en Moscú, más de trescientas
víctimas civiles. Sin entrar a valorar las versiones que apuntan a la
participación de los servicios secretos rusos en la colocación de esas
bombas, lo cierto es que la respuesta del Kremlin fue tajante: han
sido terroristas chechenos. En septiembre comienzan los bombardeos y
la guerra de Chechenia se convierte en el único tema de la campaña
electoral. Putin se encuentra cómodo ante una situación que le permite
mostrar su dureza y determinación ante los enemigos de Rusia. No había
muchas otras situaciones en las que Vladímir Putin se sintiera
"cómodo" en público, así que se dispuso a sacar el máximo partido a un
enfrentamiento que, en esas circunstancias, no se molestó en intentar
evitar.

Los primeros meses de la guerra cumplirán diversos objetivos
propagandísticos. Por una parte, transformar a Putin en el garante de
la lucha contra la inseguridad, sentimiento que se había apoderado de
la ciudadanía rusa tras las explosiones. Por otro lado, la guerra se
propaga también como un ajuste de cuentas que borrase de la historia
la humillante derrota que había sufrido el ejército ruso durante la
primera guerra. Para conseguir estos objetivos era importante ofrecer,
antes de las elecciones de marzo, una victoria militar (o al menos la
imagen mediática de la misma) y, sobre todo, no dejar ver, como había
ocurrido en la primera guerra, los fracasos militares en televisión. Y
los rusos contemplaron esa victoria a través de todos los canales
nacionales, que habían sido previamente purgados de propietarios y
periodistas díscolos.

Una paz de cementerio

Con Putin en la presidencia desde 2000, y los precios internacionales
del gas y el petróleo al galope, Gazprom, la gran compañía que
gestiona buena parte de los hidrocarburos rusos, se ha convertido en
el verdadero Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa.
La amenaza constante de subir los precios o cortar el suministro ha
pasado a ser la gran carta bajo la manga de la diplomacia rusa, y ha
cerrado muchas bocas occidentales, que miran permanentemente hacia
otro lado ante las denuncias de los horrores cometidos en Chechenia
por las fuerzas de seguridad.

El Kremlin ha anunciado retóricamente, en varias ocasiones (ya desde
2000), que la guerra en Chechenia ha terminado; pero la realidad se ha
mostrado tozudamente en contra de esta afirmación. Las audiencias
mundiales asistieron horrorizadas (aunque por poco tiempo) a los
televisados secuestros del teatro Dubrovka de Moscú, en 2002, y al de
la escuela norosetia de Beslán, en 2004, que llevaron la guerra, con
todo su horror, fuera de las fronteras chechenas. No se han televisado
(y por lo tanto son "menos relevantes") ni las torturas, los
asesinatos, las violaciones, los registros ilegales, las palizas, ni
tampoco la absoluta impunidad con la que han actuado los distintos
cuerpos armados rusos en Chechenia; no obstante, cabe pensar que han
sido, cuando menos, igual de terribles.

Hoy ya no hay bombardeos masivos sobre Grozny, aunque los combates
contra guerrilleros siguen en las zonas montañosas y, paulatinamente,
los distintos cuerpos de seguridad que operan en la región (legales o
no) se han ido "chechenizando". Han decrecido los efectivos rusos,
sustituidos por chechenos leales a Moscú. Para gobernar esta paz de
cementerio, Moscú nombró presidente, en cuanto cumplió la edad mínima
para serlo (30 años) a Ramzán Kadyrov, hijo de Ahmed Kadyrov, que
fuera también presidente de Chechenia, asesinado en 2004.

Kadyrov, que se ha definido a sí mismo como "un hombre de Putin", es
hoy dueño y señor de Chechenia (y de su petróleo). Sobra decir que la
única ley imperante es la palabra del joven presidente, que ha
implantado un régimen de terror basado en unas fuerzas de seguridad
que, según los datos que reflejan sistemáticamente los informes de las
agencias internacionales de Derechos Humanos, son responsables de
continuas amenazas, desapariciones, torturas y asesinatos de civiles
en el territorio de la república. A cambio de su lealtad, el
presidente checheno (galardonado con la medalla de "héroe de Rusia"),
goza de gran libertad de acción y recibe grandes sumas de dinero desde
Moscú, que le permiten aparecer ante la opinión pública como el
"reconstructor" de Chechenia, el que ha devuelto a la vida a su
capital, Grozny, prácticamente desaparecida del mapa tras los
bombardeos rusos de la segunda guerra.

Pero, si los enfrentamientos armados se han reducido, el conflicto que
desangra a Chechenia se ha trasladado a territorios limítrofes,
especialmente a la vecina república de Ingushetia, convertida hoy en
uno de los grandes dolores de cabeza del Kremlin. El hostigamiento y
las amenazas a periodistas, nacionales e internacionales, han
conseguido convertir el Cáucaso ruso en una zona herméticamente
cerrada desde el punto de vista informativo. Poco, muy poco, es lo que
se publica sobre la corrupta "política" de la región y, menos aún,
sobre la vida cotidiana de unos ciudadanos condenados a un futuro,
digámoslo así, complicado. La guerra ha hecho desaparecer a una
importante parte de la población chechena, entre muertos, huidos,
desplazados y refugiados en regiones aledañas. No hay familia chechena
que no haya sufrido en su seno la guerra, y todas tienen cuentas
pendientes. Así las cosas, queda al criterio de cada cual juzgar si es
éste un escenario al que debamos denominar de conflicto, guerra de
alta, media o baja intensidad o como fuere. Pocas dudas caben, sin
embargo, de que estamos ante una profunda tragedia, la tragedia de un
pueblo.

Miguel Vazquez Liñan es profesor de la Universidad de Sevilla y
coordinador del Observatorio Eurasia. Este artículo ha sido publicado
originalmente en el nº 32 de la Revista Pueblos, junio de 2008.
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