Actualmente la mayorÃa de la gente ha caÃdo en tal engaño, tragándose el
cuento de que la teorÃa de la evolución es cierta, ¡que jamás se le
ocurrirÃa ponerla en tela de juicio o dudar de ella! Es más, muchos que se
dicen cristianos automáticamente prestan fe a los «sumos sacerdotes» de la
moderna «vaca sagrada» -la ciencia- y se tragan la mentira de la evolución,
ignorando la advertencia bÃblica de que «¡evitemos las profanas pláticas
sobres cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia!»
(1Timoteo 6:20) ¡Este pasaje de las Escrituras se aplica perfectamente al
evolucionismo, toda vez que éste no es de ninguna manera una verdadera
ciencia!
Hasta tal punto se ha dejado engañar el mundo, que la mayor parte de
los textos de biologÃa actuales se refieren al evolucionismo como «el gran
principio» de dicha ciencia. No obstante, según el diccionario, un
«principio» es una «verdad fundamental» o «hecho comprobado», ¡y no existen
pruebas que confirmen la teorÃa de la evolución! Es una doctrina que hay que
aceptar por fe. Sin embargo, en 1959, durante la celebración del Centenario
Darwiniano en Chicago, Sir Julian Huxley, dirigiéndose a una asamblea de
2500 delegados allà reunidos, dijo: «El evolucionismo no da cabida a lo
sobrenatural... Todos aceptamos la evolución como un hecho... La evolución
de la vida ya no es una teorÃa. Es un hecho... constituye la base de todo
nuestro pensamiento». ¡Pero un «hecho» que no se puede comprobar, no es un
hecho! En las siguientes páginas, pues, presentaremos por qué el
evolucionismo no es una verdad demostrada, sino una mera teorÃa.
La esencia de la teorÃa de la evolución es la gran suposición de que de
algún modo la vida surgió de lo inanimado por azar; que «por pura
`casualidad` las sustancias quÃmicas precisas se encontraban en el lugar
indicado, debidamente dispuestas, en el momento oportuno y en condiciones
óptimas, y que mediante un misterioso proceso electroquÃmico -PUF-, ¡se
originó la vida por sà sola!» Eso afirman dogmáticamente los evolucionistas.
No obstante, y tal como afirmó Edwin Conklin, profesor de biologÃa de la
universidad de Princetown: «La probabilidad de que la vida se haya originado
por casualidad es tan inverosÃmil como suponer que un gran diccionario
resultase de una explosión en una imprenta».
En cuanto a la llamada «célula simple», a partir de la cual, según
dicen los evolucionistas, evolucionaron todos los seres vivos, la revista
«Look» declaró: «¡La célula es tan compleja como la ciudad de Nueva York!»
Igualmente, el evolucionista Loren Eisley admitió en su libro «The Immense
Journey» (El viaje inmenso) que «intensos esfuerzos revelaron que aun la
ameba, la cual se suponÃa simple, es en realidad una compleja fábrica
quÃmica autosuficiente. El concepto de que no era más que una masa simple
resultó ser, en el mejor de los casos, ¡una monstruosa y ridÃcula
deformación de la verdad!»
¿Te imaginas que un diccionario, o una fábrica de productos
quÃmicos...o la ciudad deNueva York....empezasen a existir solitos, como por
arte de magia -PUF-, sin la intervención de ningún diseñador, planificador o
creador inteligente? ¡Tal es la «lógica» de la evolución, que supone que la
infinitamente compleja célula «simple» se formó accidentalmente y luego
cobró vida sin más ni más, por pura coincidencia, sin que nadie
interviniera! Al comentar esta hipótesis, el biólogo británico Woodger dijo:
«¡Es dogmatismo, ni más ni menos, sostener que aquello en lo que uno quiere
creer, de veras llegó a ocurrir!»
¡De acuerdo con la Biblia, todos los seres vegetales y animales
actuales se enmarcan dentro de determinadas especies fijas, cada una de las
cuales fue creada individualmente por Dios y conserva su forma actual desde
la Creación! El evolucionismo, no obstante, sostiene que todas las formas de
vida cambian continuamente y «evolucionan», transformándose en otras «más
avanzadas», y que por consiguiente no existen «especies» determinadas;
¡todas las formas de vida guardan relación entre sà toda vez que
evolucionaron a partir de un antepasado común, y aun hoy en dÃa se
encuentran en constante estado de transformación! ¡Eso alegan los
evolucionistas!
Esto está en franca contradicción con la Palabra de Dios que declara
que todas las criaturas vivas fueron creadas por él «según su género»,
capaces de dar semilla o fruto «según su género». (La palabra «género»
corresponde al vocablo hebreo «min», que hoy se traducirÃa con más precisión
como «especie».)
¡Nunca se ha sabido ni ha llegado a comprobarse que un perro se
convirtiese en gato, ni un gato en perro! ¡Hay toda clase de perros y gatos,
mas no existen perros-gato ni gatos- perro! ¡Dios creó todos los seres
«según su género», y les es imposible transformarse en otro!
Este hecho perturbó al propio Darwin, que se hizo la siguiente
pregunta: «Si es cierto que todas las especies han descendido de otras a
través de una sutil gradación, ¿cómo es que no vemos por todas partes
innumerables formas de transición? ¿Por qué no se halla la naturaleza entera
en estado de confusión, en lugar de estar las especies bien definidas tal
como las vemos?» ¡La respuesta a la pregunta que se planteó Darwin es
sencilla! Bastaba con que hubiera leÃdo el capÃtulo primero del Génesis para
saber que las especies no descendieron unas de otras, sino que fueron
creadas ordenadamente por Dios en «géneros» fijos; ¡por eso no está la
naturaleza sumida en un estado de confusión!
Hay, sin embargo, quienes preguntan: «¿Acaso no han producido nuevas
especies de plantas, y animales hÃbridos, los cientÃficos que vienen
haciendo investigaciones en el campo de la genética ? ¿No demuestra eso que
especies totalmente nuevas pudieron haber evolucionado a partir del cruce de
padres de distintas especies?» No. La definición aceptada de «especie» en
los medios cientÃficos es la de «grupo de organismos que se cruzan
libremente produciendo descendencia fértil». ¡Los escasos hÃbridos que se
pueden producir no son «descendencia fértil», sino estéril! Como lo reconoce
la enciclopedia «Collegiate»: «La infertilidad de los hÃbridos es un
mecanismo por el que las especies se conservan claramente definidas».
El propio Dios ha impuesto la barrera de la esterilidad para evitar el
cruce desordenado de los «géneros» originariamente determinados por él.
Claro ejemplo de ello es la mula, que es un hÃbrido engendrado por el cruce
de un burro con una yegua. Aunque exteriormente parece ser una nueva especie
o «género», resulta imposible que una mula y un mulo se reproduzcan. La
única forma de seguir produciendo mulas es cruzando burros con yeguas. Este
principio biológico establecido por Dios fue constatado por Richard B.
Goldschmidt, evolucionista y profesor de zoologÃa, que escribió: «Jamás se
han traspasado los lÃmites de las especies, los cuales se hallan separados
de los lÃmites de la siguiente especie por un abismo infranqueable: la
esterilidad».
Puede que te preguntes: «Pero ¿qué hay de los extensos experimentos
realizados con radiación que han llegado a producir verdaderas mutaciones y
alteraciones en diversas criaturas como la mosca de la fruta? ¿No nos
brindan suficientes pruebas de que mutaciones semejantes podrÃan constituir
el `componente básico de las transformaciones evolucionistas`, como las
llamó sir Julian Huxley, y como afirman la mayorÃa de los cientÃficos y
educadores actuales?»
TendrÃamos que responder que si bien en incontables experimentos las
moscas de la fruta fueron sometidas a bombardeos de radiación que dieron
lugar a muchas mutaciones, éstas no produjeron más que deformidades, como
cuerpos enanos, alas mermadas, y otras; ¡pero nunca dieron lugar a un nuevo
«género»! ¡Ninguno de los miles de experimentos cientÃficos realizados con
mutaciones ha producido jamás una nueva especie animal o vegetal, ninguno!
Todos los genetistas y evolucionistas, secundados por sus muchos
conocimientos, e intelecto... trabajando en laboratorios, en circunstancias
«perfectas»... y valiéndose de las más modernas técnicas de radiación (que
multiplica un millón de veces la probabilidad de que se produzcan
mutaciones), ¡han fracasado rotundamente, no pudiendo cambiar ni transmutar
un solo «género» en otro! ¡Ni siquiera lo logran cuando lo intentan
deliberadamente en circunstancias ideales! ¡Sin embargo, estos mismos
evolucionistas nos piden que creamos que los millones de formas de vida que
habitan hoy en dÃa sobre la tierra -con toda su variedad, belleza y
complejidad- se produjeron por puro azar, sin la intervención de ningún ser
inteligente!
Para ilustrar el efecto de las mutaciones genéticas en un organismo, H.
Kalmus hizo la siguiente declaración en su libro «Genetics» (Genética): «Una
comparación popular serÃa la del reloj; en caso de que cierta parte del
mecanismo resulte alterada por un cambio, es muy improbable que el reloj se
perfeccione por efecto del accidente».
Un impresionante ejemplo de los efectos negativos de las mutaciones de
genes ocurrió en Hiroshima y Nagasaki (Japón) a fines de la Segunda Guerra
Mundial. Los individuos que lograron escapar de una muerte instantánea tras
el lanzamiento de pavorosas bombas atómicas sobre aquellas ciudades , se
vieron expuestos a diversos grados de radiación atómica, que dejó como
secuela miles de mutaciones. Ninguna de ellas produjo ningún nuevo prototipo
de ser humano más avanzado y superior como el evolucionismo nos llevarÃa a
suponer. ¡Antes, las lastimosas vÃctimas de estas mutaciones de genes
sufrieron deformidades, daños y muerte!
Otro argumento decisivo es que de ser cierto este complejo entramado de
inventos y fábulas llamado la evolución, ¡ya debieran haberse desenterrado
eslabones perdidos en cantidades industriales! ¿No es verdad? De haber
evolucionado las especies durante miles de millones de años, ¡encontrarÃamos
eslabones perdidos hasta en la sopa! Asà y todo, luego de 130 años de
excavaciones arqueológicas y paleontológicas, cientos de millones de fósiles
han sido extraÃdos de todo tipo de estratos rocosos fosilÃferos, ¡y ninguno
de ellos constituye una «forma de transición» o eslabón perdido!
¡Evidentemente todos pertenecen a especies definidas! De hecho, ¡se estima
que se han encontrado y clasificado más de 100.000 especies de fósiles bien
determinadas! ¡Sin embargo, ninguna ha resultado ser un «eslabón»!
Recientemente, A.S. Romer, profesor de zoologÃa de la universidad de
Harvard, resumió la actual situación de la siguiente forma: «Hay eslabones
perdidos precisamente en los puntos de la cadena donde con mayor fervor los
deseamos, y es muy probable que estos `eslabones` sigan faltando».
¡No hay hombres-mono, ni tampoco monos- hombre, y toda esa patraña que
uno lee y ve ilustrada en la mayorÃa de los textos modernos de biologÃa no
son más que diabólicos disparates! Darwin sostenÃa: «Los simios (monos) se
bifurcaron en dos grandes ramas, los del Nuevo Mundo y los del Viejo Mundo;
y de éstos últimos, en una época remota, salió el hombre». Sin embargo, los
cientÃficos no tardaron en comprender que era imposible reconstruir una
cadena evolutiva medianamente creÃble en la que se demostrara que el hombre
descendÃa directamente de los simios. ¡Por eso fraguaron una nueva teorÃa!
¡Ahora los evolucionistas modernos sostienen que el hombre no desciende
de los monos, sino de un primate aún más primitivo que resultó ser el
antepasado común de simios y hombres! No obstante, tal como confesaron los
destacados evolucionistas autores del libro «Los primates»:
«Desafortunadamente, las primeras fases del progreso evolutivo del hombre a
lo largo de su lÃnea particular siguen siendo un gran misterio». La revista
«The Scientific American» se pronunció en términos semejantes: «La
naturaleza de la lÃnea evolutiva que conduce al hombre actual sigue siendo
una cuestión puramente teórica».
Pese a todo esto, la mayor parte de los evolucionistas actuales
insisten en que el hombre descendió de los primates. Para «demostrar» su
teorÃa, se basan en los australopitecos («hombres-mono» del sur), cuyos
fósiles fueron desenterrados en áfrica en años recientes y que afirman que
son «el eslabón perdido». ¡Basta, sin embargo, con examinar más de cerca a
los australopitecos para darse cuenta de que en ningún caso se tratan de
especÃmenes «humanos»! Por ejemplo, su cerebro no tenÃa sino una tercera
parte del volumen del cerebro del hombre. Aun asÃ, algunos evolucionistas
teorizan que sabÃan fabricar herramientas y, por tanto, eran hombres. ¡Esto,
no obstante, es un asunto sumamente controvertido en los cÃrculos
evolucionistas! El famoso antropólogo J.T. Robinson afirma que no eran estos
supuestos «hombres-mono» los que fabricaban utensilios, sino verdaderos
hombres. Otro evolucionista, LeGros Clark, advirtió: «No existen claros
indicios de que poseyeran ninguno de los atributos especiales que comúnmente
se asocian con los actuales seres humanos». El evolucionista R.L. Lehrman
escribió: «El australopiteco era simplemente un simio erecto e inteligente,
pero no un hombre. Su pequeño cráneo con cejas pronunciadas era igual al de
cualquier simio».
También está el «pitecántropo erecto», al cual para abreviar, lo
apodaron «hombre de Java». Fue «descubierto» por el profesor E. Dubois,
discÃpulo de Ernest Haeckle (evolucionista alemán que urdió y fue
sorprendido en varios fraudes cientÃficos. Elogió y promovió la teorÃa de la
evolución como medio con el que aspiraba destruir el cristianismo, y fue el
primero en inventarse el imaginario «árbol genealógico» evolutivo.)
¡Poco se imagina la persona mal informada que el hombre de Java fue
«reconstruido» a partir de tan solo un pequeño fragmento de cráneo, tres
dientes y un fémur, hallados a 20 metros de distancia entre sà en el lecho
de un viejo rÃo de Java! Tampoco nos dicen los evolucionistas que habiendo
el mundo aceptado este «eslabón», el propio Dr. Dubois confesó que el
llamado «hombre de Java» no era ningún «hombre primitivo», ¡sino un gibón
arborÃcola gigante! En efecto, después de estudiar sus fósiles con mayor
detalle, ¡Dubois tuvo la honestidad de llegar a la conclusión de que el
«hombre de Java» no era sino un simple mono extinto -no mitad mono, mitad
hombre-, lo cual anunció con plena seguridad! ¡No era el «eslabón perdido»
después de todo!
Con relación al siguiente homÃnido, el «hombre de Piltdown» o eoántropo
de Dawson, la »Enciclopedia Británica», en su edición de 1946, decÃa: «Este
descubrimiento, el siguiente en importancia, fue hecho por el señor Charles
Dawson en Piltdown, Sussex, entre los años 1911 y 1915. Encontró la mayor
parte del lado izquierdo de un cráneo humano profundamente mineralizado, y
además parte del lado derecho; también la mitad derecha de la mandÃbula
inferior, la cual conservaba aún el primero y el segundo molar. Actualmente
los estudiosos británicos ya coinciden en que el cráneo y la mandÃbula
pertenecieron a un mismo individuo».
¡No obstante, más adelante se descubrió que la la resurrección del
hombre de Piltdown encerraba otra «monada» fraudulenta! La revista «Science
Newsletter» nos lo explica en los siguientes términos: «Una de las farsas
más famosas desveladas por pruebas cientÃficas fue la del hombre de
Piltdown, hallado en Sussex, Inglaterra... y que según suposiciones de
algunos tenÃa 500.000 años de antigüedad. Después de intensas polémicas
resultó ser no un hombre primitivo, sino un compuesto del cráneo de un
hombre moderno y la mandÃbula de un simio. La mandÃbula habÃa sido `tratada`
con bicromato de potasio y hierro para que pareciera mineralizada». ¡El
cráneo fue sacado de un cementerio medieval! ¡Y hasta los dientes le fueron
limados para que parecieran más antiguos! Como se señaló en »Selecciones del
Reader's Digest»: «Cada pieza importante resultó ser una falsificación. ¡El
hombre de Piltdown fue un fraude de cabo a rabo!»
Puesto que los evolucionistas teorizan que procedemos de los
australopitecos, «suponen lógicamente» que antes de convertirse en hombres
modernos, esos simios debieron de evolucionar hasta transformarse en una
especie de «hombre» infrahumano y bestial. Entonces, ¿qué aspecto podrÃa
haber tenido tal criatura inexistente? ¡Pues más o menos humano, pero a la
vez muy peludo, con cejas muy pobladas, encorvado y medio bobo! Es decir,
¡idéntico a como uno se imagina un «eslabón perdido»!
De ahà que cuando los cientÃficos descubrieron ciertos esqueletos
humanos antiquÃsimos en el valle de Neander, en Alemania, rápidamente lo
llamaron «hombre de Neandertal», ¡y «reconstruyeron» su cuerpo y su figura
para que se ajustara al aspecto que, según ellos, debÃa de tener un «hombre»
infrahumano!
Pero la enciclopedia «Collegiate» escribió: «Tradicionalmente se ha
representado al hombre de Neandertal con cuello de toro, patizambo, de andar
encorvado y apariencia algo bestial. Lo cierto es que el hombre de
Neandertal no tenÃa ninguno de estos rasgos: ¡caminaba erecto, y era tan
agradable a la vista como el hombre contemporáneo!» Es decir, ¡que el
«hombre de Neandertal» tenÃa el mismo aspecto que nosotros! ¿Por qué?
¡Porque el llamado «hombre de Neandertal» era en realidad un hombre moderno!
El mundo se ha tragado el engaño de que los antiguos esqueletos humanos que
se han desenterrado eran restos de un hombre más «primitivo», ¡cuando en la
práctica no son más que restos del hombre moderno, que ya existÃa hace
mucho! ¡Pero los evolucionistas jamás lo admitirÃan!
La Enciclopedia prosigue diciendo: «Un dato singular sobre el hombre de
Neandertal es que en los machos el volumen del cerebro oscilaba entre 1.425
y 1.641 cc., con un promedio de 1.553 cc. El volumen cerebral medio del
hombre actual es de aproximadamente 1.350 cc. De ahà que el tamaño promedio
del cerebro del hombre de Neandertal era considerablemente mayor que el del
hombre contemporáneo.» ¡Conjeturar, pues, que el hombre de Neandertal
«pertenecÃa a una especie infrahumana más primitiva y menos inteligente» es
totalmente absurdo!
¡Otro problema que desconcierta a los evolucionistas es el hecho de que
restos de hombres de tipo moderno se han encontrado en los mismos estratos
geológicos que los supuestos hombres «prehistóricos», lo que demuestra que
el hombre existió en la misma época que aquellos simios erectos y que el
hombre de Neandertal! En 1947, en Fonte Chevade, Francia, fueron hallados
otros restos de hombres de tipo moderno en capas inferiores y más antiguas
que los de sus «antepasados prehistóricos», que se presumÃa eran más
primitivos. La enciclopedia «Collegiate» concluye: «El hombre de Fonte
Chevade nos brinda pruebas de que el homo sapiens (hombre moderno) en
realidad precedió al hombre de Neandertal en orden de aparición».
De modo que los evolucionistas tienen que admitir que el «homo
sapiens» -los seres humanos normales de tipo moderno- rondaban por la tierra
al mismo tiempo que los presuntos pitecántropos, y antes que los hombres de
Neandertal, ¡de quienes imaginariamente evolucionamos! ¡Ja! Dicho de otro
modo, el hombre no desciende del mono, ¡sino que ambos coexistieron
simultáneamente como especies distintas claramente definidas! ¡El hombre es
el mismo hoy en dÃa que en ese entonces, y aquellos monos serÃan también
iguales, de no haberse extinguido!
¡Hace falta más fe para creer en la evolución -ese cuento ficticio
increÃble, inverosÃmil, confuso y plagado de contradicciones sobre los
orÃgenes del hombre- que para aceptar la explicación sencilla e inspirada
que nos brinda Dios en Su Palabra! ¿Y tú? ¿En qué crees? ¿En la Verdad de
Dios, o en ridÃculas fábulas evolucionistas?
¡Hoy en dÃa la mayorÃa de las personas no saben en qué creer! No tienen
ni idea de hacia dónde se dirigen. ¡Muchos no tienen perspectiva alguna de
la realidad, desconocen el sentido de la vida, no saben quiénes son, o si el
hecho de que estén vivos tiene objeto o valor alguno! Dado que la diabólica
teorÃa de la evolución ha socavado en sus corazones y conciencias el único
fundamento seguro de Verdad, han quedado desprovistos de toda base en qué
afirmar sus vidas.
Si quieres la Verdad pura y simple de Dios, basta con que te humilles
como un niño y pidas a Jesús que te abra los ojos y entre a formar parte de
tu vida. Por eso dijo Jesús: «Si no os volvéis y os hacéis como niños, ¡no
entraréis en el Reino de los Cielos!» (Mateo 18:3)
¡Dios es el único capaz de dar sentido al universo, propósito a los
planetas, amor a nuestro corazón, paz a nuestros pensamientos, reposo a
nuestro espÃritu, felicidad a nuestra vida, alegrÃa a nuestra alma y
sabidurÃa para comprender que «el temor de Dios es el principio de la
sabidurÃa» (Proverbios 9:10), y que «la sabidurÃa de este mundo es
insensatez para con Dios»! (1Corintios 3:19) Jesús dijo: «¡Si permaneciereis
en Mis Palabras, conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres!» (Juan
8:32), ¡libres del pecado, de nuestro ego, de la hipocresÃa y de las
condenadas mentiras -como el evolucionismo- que embaucan y engañan a tantos!
¡Por qué es la evolución una mentira increÃble!
(1) La palabra «ciencia» quiere decir textualmente «saber»; de donde el
evolucionismo no es una verdadera ciencia, ¡puesto que no se puede demostrar
ni «saber»! Margaret Mead, la afamada evolucionista, dijo en la introducción
de su libro: «Como cientÃficos serios, hemos de confesar que no existe ni el
menor indicio de prueba concreta que sustente la teorÃa de la evolución».
(2) El evolucionismo no es más que una serie de creencias filosóficas
que hay que aceptar por fe. ¡Al pretender dar una explicación al origen del
universo y del mundo, y a la génesis y naturaleza del hombre, la teorÃa de
la evolución es simple y llanamente una religión!
(3) ¡El evolucionismo es antidiós! Hitler se valió de él como pretexto
para promover el nazismo, y Carlos Marx llegó a declarar: «¡El evolucionismo
es la piedra angular del comunismo!» Si, como dice la Biblia, «Por sus
frutos los conoceréis» (Mateo 7:20), ¡los «frutos» del evolucionismo son
régimenes despiadados, guerra y muerte!
(4) Dios creó las muchas formas de vida animal y vegetal encuadradas en
«especies» determinadas y bien definidas, y como lo ha demostrado una y otra
vez la ciencia -contrariamente a la doctrina evolucionista-, ¡les es
imposible pasar de una especie a otra!
(5) El evolucionismo afirma que las mutaciones casuales constituyen «el
componente básico de las transformaciones evolucionistas». Sin embargo, a
pesar de haber llevado a cabo millones de pruebas, ¡los evolucionistas no
han logrado alterar favorablemente ni una sola mosca de la fruta!
(6) ¡Jamás se ha hallado un solo «eslabón perdido» entre el hombre y el
mono!
(7) El evolucionismo sostiene que toda la Creación evoluciona
permanentemente hacia formas más complejas. Esta suposición, sin embargo,
está en franca oposición a una ley de la fÃsica que ha sido demostrada y
aceptada universalmente, la segunda ley de la termodinámica, que dice: «Todo
proceso (que no esté sometido a ninguna influencia exterior) tiende hacia un
estado de mayor desorden, desorganización y desarreglo, y de menor
complejidad».
(8) Si no crees que el relato de la Creación del libro del Génesis es
históricamente exacto y una autoridad de inspiración divina, tampoco puedes
confiar entonces en los autores del Antiguo y Nuevo Testamento -que con
frecuencia se referÃan a él-, ¡ni siquiera en el mismo Jesús, que citó dicho
relato en Mateo 19:4-5! (Véase asimismo Lucas 16:31.) ¡Pero lo cierto es que
la Biblia dice la verdad, es la Palabra infalible de Dios, y eso es motivo
de sobra para no creer la diabólica mentira de la evolución! ¿Amén?
http://www.lafamilia.org/lectura/tesoro/index2.php3?refid=443
ElOxitoDelArcoIris@69.es
--
http://www.harunyahya.org/other/evolucionismo/evoluc.html
http://bloomerfield.com/category/la-hipocresia-cientifica/
http://bloomerfield.com/2007/10/09/la-ciencia-oficial-la-peor-de-las-religiones/#more-7
http://www.centrorey.org/tema_religion_falsa.htm
http://www.centrorey.org/tema_religion_falsa2.htm