Viernes, 22 de agosto, año 2008 de Nuestro Salvador Jesucristo,
Guayaquil, Ecuador – Iberoamérica
(Cartas del cielo son escritas por Iván Valarezo)
VICTORIOSOS SOBRE LA MUERTE:
Todos, las ciento cincuenta y tres víctimas del aparatoso accidente
aéreo de Spanair en Barajas, Madrid, España, están con nuestro SEÑOR y
con su Árbol de la vida eterna, nuestro Señor Jesucristo, en el
paraíso y, por tanto, son felices para siempre. Ellos gozan de la
presencia y de la santidad gloriosa de su Hacedor y de su Salvador
celestial, ¡nuestro Señor Jesucristo! Pues por ellos fue que nuestro
Padre celestial envió a su Hijo amado al mundo, para rescatarlos de
sus males eternos y no mueran jamás, con los poderes sobrenaturales de
su sangre expiatoria, para que sus pecados les sean perdonados y no
volverlos a recordar en el reino de los cielos, para siempre.
Nuestro Padre celestial destruirá a la muerte perpetuamente en cada
uno de nosotros, comenzando con Adán y Eva, y nuestro Señor Jesucristo
mismo enjugará toda lágrima de nuestros rostros en cada uno de
nuestros días; es promesa de vida y verdad eterna para cumplir toda
justicia en la tierra y en el cielo también, para la eternidad. Pues
Él mismo y no otro: Quitará la injuria de su pueblo de sobre toda la
tierra, quitando sus pecados y no acordándose de ellos jamás, porque
nuestro Padre celestial lo ha hablado así desde tiempos inmemoriales,
para que todo se cumpla hoy mismo en tu vida, mi estimado hermano y
hermana, sin más demora, si sólo crees en su Jesucristo.
Ciertamente que todos diremos en aquel día, cuando lo veamos a Él cara
a cara: !He aquí, éste es nuestro Salvador celestial! Sí. Así sucederá
cada vez que uno de nosotros pisa tierra firme y santa del paraíso,
pues veremos a nuestro Señor Jesucristo. Él es la puerta del paraíso,
fue por esta razón que él fue crucificado y muerto en las afueras de
la Jerusalén terrenal, puesto que tenia que ser así, para que se
cumpla la Escritura y los rituales diarios de los sacrificios con
sangre en los campamentos de Israel, para expiación y perdón de
pecados de Israel y la humanidad entera.
Es por eso que nuestro Señor Jesucristo les dijo claramente a todos:
Yo soy la puerta; si alguien entra por mí, será salvo en la tierra y
en el cielo, para siempre; pues el que cree en mí, entrará, saldrá y
hallará descanso para su alma eterna, y nadie jamás lo separara del
cielo ni del paraíso, para siempre. Y ahí está nuestro Señor
Jesucristo cada día, recibiéndonos a cada uno de nosotros,
especialmente cuando nos toca regresar a nuestras vidas celestiales
del paraíso, por ejemplo, puesto que somos de Dios y, por tanto, somos
del cielo hoy en día y para siempre en la eternidad venidera de su
nuevo reino celestial.
En Él hemos esperado todos estos siglos, y Él nos salvará de Satanás y
de todos nuestros males eternos también: ¡Este es nuestro Señor
Jesucristo, el Árbol de la vida eterna, el cual Adán y Eva conocieron
por vez primera en el paraíso, para sólo comer y beber de Él cada día
y eternamente y para siempre! Pues así confiesan día a día los que
entran de regreso a sus lugares eternos del paraíso, por medio de
nuestro Señor Jesucristo, de todas las familias, razas, pueblos,
linajes, tribus y reinos de la tierra. (Las ciento cincuenta y tres
víctimas del aparatoso accidente aéreo de Spanair están ya en sus
lugares eternos del paraíso, por amor a nuestro Padre celestial y por
amor a su Hijo unigénito, nuestro Salvador Jesucristo.)
Ciertamente que sólo Él es el pan de la vida y el agua que sobresalta
para vida eterna sobre la Mesa de la Cena del SEÑOR, para que los que
tengan hambre coman y así también para los que tengan sed beban de Él,
y no vuelvan a tener hambre ni sed en esta vida ni en la venidera
tampoco, para siempre. Él es el Ángel del Señor, el cual Moisés
conocía muy bien cara a cara sobre el Sinaí y en el lugar santísimo de
los santos del tabernáculo de Israel en el desierto, camino a la
tierra del perdón y de la salvación infinita de Dios y del Árbol de la
vida para la humanidad entera, ¡el Hijo de David!
Éste es definitivamente el Hijo de Abraham sobre el Moriah, para ser
sacrificado ante el SEÑOR, como el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo entero. En Él hemos esperado para seguir viviendo felices
con nuestro Padre celestial y con sus huestes angelicales en la tierra
y en La Nueva Jerusalén Santa y Gloriosa del cielo, en donde la
felicidad del corazón de nuestro Padre celestial es perfecta con cada
uno de nosotros de todas las familias de las naciones de la tierra.
¡Pues gocémonos y alegrémonos en su eterna salvación santísima, para
nuestros corazones y para nuestras almas infinitas! Y ya nadie nos
volverá a engañar con sus mentiras escondidas, crueles y malvadas,
pues conoceremos a la verdad y a la justicia de nuestro Padre
celestial y de su en Espíritu Santo cara a cara y en su personalidad
divina y celestial; por fin seremos como él mismo para la eternidad
delante de nuestro Padre celestial, sin Satanás.
Cada uno de nosotros lo vera, así mismo como Adán y Eva lo vieron por
vez primera en el epicentro del paraíso, o como la única puerta
posible al cielo: Ciertamente que éste es nuestro Señor Jesucristo, el
que lloro por nosotros ante el Padre celestial para que el mal de las
mentiras de Satanás no nos destruyera por completo. Ciertamente que
Adán y Eva vieron sus lágrimas correr por sus mejillas para caer en
tierra santa y gloriosa del paraíso, habitada por Dioses y ángeles
sumamente santos, cuando rechazaron por error comer y beber de él,
para cumplir con la perfecta voluntad de nuestro Padre celestial y de
su ley divina, la cual está escrita en los cielos también.
Éste es el hijo de Abraham, el cual espero por él muchos años, sin
perder su fe en Dios jamás, aún cuando su esposa Sara era avanzada en
edad y casi estéril ya, por ejemplo, sin la posibilidad de tener
hijos. Y cuando por fin llega a su vida su Hijo muy esperado, entonces
Abraham y Eva se gozaron grandemente por él, porque no sólo la palabra
de nuestro Padre celestial se cumplía en ellos, sino también porque el
mismo Espíritu de amor y de la gracia de Jesucristo llenaba sus vidas
infinitamente, como nunca antes.
Pues por vez primera comenzaban ambos a conocer la vida jamás conocida
por sus corazones ni nunca vista por sus ojos, por ejemplo. Por tanto,
éste era el Hijo prometido no sólo a Abraham, sino también a las
naciones que saldrían de él para cumplir la palabra de Dios,
manifestada en su vida grandemente, aún cuando ya él también estaba
avanzado en edad, con la esperanza muerta ante sus semejantes para
tener un hijo y así perpetuar su nombre en la tierra. Pues por fin
llega la vida a Abraham y a cada una de las naciones de la tierra
también, las cuales nuestro Padre celestial se las prometió a él, si
tan sólo le creería cuando le dijo que su mismo Hijo ya venia a su
vida, para darle alegría y mucho calor de vida a su corazón avanzado
en edad.
Abraham creyó a Dios, por la venida de su Hijo al mundo, para
redimirlo del poder del pecado y de su muerte en el infierno, y esto
le fue contado como justicia delante de Dios y de sus ángeles
santísimos del cielo para la eternidad; ciertamente que cuando Abraham
creyó a Dios, entonces se salvo para vivir con Jesucristo para
siempre. Pues éste es el Hijo de la promesa eterna, el cual no sólo le
daría alegría y nueva vida a su corazón avanzado en edad a Abraham y a
Sara su esposa, sino que también enjugaría las lágrimas de sus ojos, y
la muerte ya no se enseñorearía sobre él ni los suyos tampoco, jamás.
Porque, cuando su Hijo esperado llega a su vida y entra en su corazón,
será para no salir jamás, y sólo entonces la muerte dejara de ser para
él y para los suyos una amenaza común de cada día en la tierra y en el
más allá también, como en el paraíso o como en La Nueva Jerusalén
celestial, por ejemplo. Él es el que pelea delante de todos los
enemigos de Dios y de sus pueblos eternos, los que salieron de
Abraham, como Israel, por ejemplo, para derrotar la afrenta que han
puesto Satanás sobre ellos, como para que no crean en su Dios, como la
ley lo manda, ni crean tampoco en la manifestación de su Hijo,
¡nuestro Señor Jesucristo!
Y esto es, objetivamente, del nacimiento virgen para vivir una vida
sumamente gloriosa, placentera a nuestra vida celestial y, juntamente,
cumplidor de la ley y de la voluntad perfecta de nuestro Padre
celestial, no sólo en la tierra, sino también sobre el monte santo en
las afueras de Jerusalén, en Israel, para fin del pecado y pronto
retorno al paraíso. Es por eso que nuestro Señor Jesucristo les decía
a las multitudes de Israel, hebreas y gentiles por igual: Yo soy el
camino, la verdad y la vida; nadie puede ver al Padre celestial sin mí
en su vida.
Además, la gente creía grandemente en Él, como el Rey Mesías, como el
Salvador, el Intercesor, el Padre fuerte, el Cordero de la sangre
expiatoria, el Santo de Dios o el Ángel del SEÑOR, y no tanto sólo por
sus palabras prometedoras de parte de nuestro Padre celestial, sino
también por sus milagros, maravillas, señales y prodigios poderosos
delante de ellos. Israel completo creyó en el Hijo de David, tal como
Dios mismo le había deseado que fuese así desde los primeros días de
la antigüedad y hasta nuestros días, por ejemplo; Israel creyó en el
Mesías y salvo su vida no sólo de sus pecados y de sus muertes
terribles del infierno, sino también de sus enfermedades y males
escondidos. Hoy en día, todos ellos están en el paraíso con el SEÑOR y
con su Gran Rey Mesías, ¡el Hijo de David!
En otras palabras, a éste mismo Rey Mesías que conocieron en Israel,
pues también lo volvieron a ver de pies a cabeza en el paraíso cada
uno de ellos y en su día, en su día señalado por nuestro Padre
celestial, de acuerdo a su más santa y gloriosa voluntad perfecta,
para que esto suceda con cada uno de ellos. Visto que, en el paraíso
los antiguos lo volveremos a ver a Él, tal como Adán y Eva le vieron
cara a cara en sus días de vida santa, y libre del pecado del reino de
nuestro Padre celestial y de sus ángeles, o como Moisés, los profetas,
apóstoles, discípulos y demás lo vieron a él en Israel, por ejemplo.
Nuestro Señor Jesucristo vive, y vive para siempre; si Él estuvo
muerto por nuestras culpas, por nuestras rebeliones, por nuestras
mentiras, pero resucito sin mancha del pecado en el Tercer Día y con
la vida eterna de cada uno de nosotros, sus hermanos y sus hermanas de
todas las familias, naciones, pueblos y reinos de la tierra. Es por
eso que nuestro Padre celestial ha escrito nuestros nombres en “el
libro de la vida eterna”. Pues cuando lo veamos, cada uno de nosotros
en nuestro día, señalado por el SEÑOR, entonces nadie nos dirá éste es
el Hijo de Dios (David, Emmanuel), sino que nuestros corazones y
nuestras almas infinitas, lavadas por su sangre expiatoria para ser
libres de las mentiras de Satanás y de sus males eternos, lo
reconocerán al instante como tal.
Pues le conoceremos así como los ángeles le conocen a Él desde
siempre, por ejemplo, en sus corazones y en todas sus vidas gloriosas
del reino de los cielos o del paraíso antiguo, por ejemplo. Ya Satanás
no nos engañara con sus mentiras clásicas, como engaño a Adán y a Eva
en el paraíso, en sus primeros días de vida; esta vez, todo será
diferente, estaremos viviendo una vida sin él, sin mentiras, sin la
amenaza constante del ángel de la muerte, sin los enemigos de Dios,
sin Satanás; seremos libres, infinitamente redimidos para Dios. Esta
vez todo será diferente en cada uno de nosotros, porque nuestros
mismos corazones, espíritus, almas y cuerpos humanos lo conocerán, tal
cual como siempre ha sido para con nosotros, por sus palabras y por
sus obras santísimas en todas las naciones de la tierra; porque
nuestro Señor Jesucristo no cambia, él es el mismo ayer, hoy y por
siempre.
(Nuestro Señor Jesucristo es el mismo que entrego su sangre expiatoria
y su vida santísima, para ser clavado sobre los árboles cruzados secos
y sin vida de Adán y Eva para volvernos a dar vida, no una vida
cualquiera, sino su propia vida celestial. Ciertamente que Él es el
mismo de siempre, el que ama a su Padre celestial con toda su alma y
vida santísima, no ha cambiado para nada, así como lo hizo la primer
vez, hoy mismo lo volvería hacer, sin pensarlo dos veces, por ti, por
los tuyos y por las naciones del mundo entero, si fuese necesario
hacerlo así otra vez.)
Pues seremos como él mismo, ni más ni menos, como cuando nos formaba
nuestro Padre celestial y con su Espíritu Santo en sus manos santas a
su imagen y de acuerdo a su hermandad celestial, por ejemplo; es
decir, que somos no sólo imagen de Dios sino también hermanos de su
Hijo, por inicio, desde el día de nuestra constitución celestial. Es
decir, también, que nuestro Padre celestial crea en cada uno de
nosotros un hermano exacto, ni más ni menos, para nuestro Señor
Jesucristo, para su Espíritu Santo y para cada uno de sus ángeles,
arcángeles, serafines, querubines y demás seres muy santos de la vida
santísima del reino celestial; somos vidas vivas del cielo y más no
del infierno.
Es por eso que nuestro Señor Jesucristo, como el Árbol de la vida, se
le manifestó no sólo a Adán y a Eva sino también a cada uno de sus
descendentes de todos los hombres, mujeres, niños y niñas de la
humanidad entera y hasta tocar tu vida misma milagrosamente, hoy en
día, por ejemplo, para que lo veas ya. Para que tus labios digan, así
mismo como tu corazón y como toda tu alma también: ¡Éste es mi
salvador celestial! Él es quien nació santo, puro y del vientre virgen
de la hija de David, para que yo mismo vuelva a nacer, no de la vida
de la tierra pecadora sino para un nuevo amanecer celestial del nuevo
reino de los cielos de Dios y de su Espíritu Santo.
Por ello, éste nuevo amanecer celestial sólo es posible en nuestro
Señor Jesucristo y en la tierra santa y pura del paraíso y de La Nueva
Jerusalén Bendita y Gloriosa del cielo, para que el espíritu de error
de las mentiras muera en nosotros y sólo la verdad de Dios y de su
Hijo unigénito viva eternamente y para siempre. Pues entonces, éste es
el Santo de Dios, el cual se le apareció a Moisés sobre el Sinaí, como
el único salvador posible de Israel, de Egipto y de las naciones del
mundo entero; por todo ello, sólo Él es la luz que los hebreos
necesitaban para ver en sus tinieblas eternas, para después empezar su
camino hacia la tierra prometida.
Presentemente, éste camino antiguo, es, sin duda alguna, el que Moisés
conocía muy bien, el camino de la verdad y de la vida santísima de
nuestro Padre celestial y de su Espíritu Santo por el desierto, no
sólo para los ángeles del cielo sino también para cada hombre, mujer,
niño y niña de la humanidad entera, comenzando con Israel, por
ejemplo. Éste es el Hijo de David, ¡nuestro Señor Jesucristo! Pues
gocémonos y alegrémonos en su perdón, en su salvación y en sus
bendiciones sin fin de paz, gozo, felicidad, salud, amor y riquezas
inescrutables del paraíso y de La Nueva Jerusalén Santa y Perfecta del
cielo, en donde nuestro Padre celestial es Dios y su Hijo, nuestro
Salvador Jesucristo, será quien nos guié aún más allá de la
eternidad.
Pues así sienten y hablan, alaban y honran grandemente al SEÑOR, a
cada momento, desde que pisaron tierra santa y firme de sus
antepasados (Adán y Eva) en el paraíso, los ciento cincuenta y tres
desaparecidos del aparatoso accidente aéreo de Spanair en Barajas,
Madrid, España. Ellos ven cara a cara a su Dios y Fundador de sus
vidas en el paraíso, y nunca más se volverán a separar de Él ni de su
Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo, en la nueva eternidad
celestial.
Nuestras oraciones son continuas para los familiares de las víctimas
del aparatoso accidente aéreo de Spanair en Barajas, Madrid, España.
Sus hijos, hijas, hermanos, hermanas, tíos, tías, amigos y demás
familiares son felices en el cielo; pues ellos están gozando de la
presencia santísima de nuestro Padre celestial y de su Árbol de la
vida eterna, ¡nuestro Señor Jesucristo! Ellos oran en el cielo por
cada uno de ustedes y por cada uno de todos nosotros también en toda
la tierra, para que se enteren que están muy bien con su Señor y
salvador de sus almas infinitas del cielo.
Ahora, ¡qué nuestro Padre celestial les continué bendiciendo
grandemente a cada uno de todos ustedes! Porque muy pronto los verán a
cada uno de todos ellos, y los volverán a abrazar para besarlos como
antes lo hacían, pero con mayor amor esta vez en el paraíso y delante
de la presencia gloriosa de nuestro SEÑOR y de su Árbol de la vida
eterna, rodeado por siempre de sus huestes angelicales como testigos
fieles y eternos.
Ciertamente que, todos nos volveremos a ver juntos con nuestros
antepasados y sobre todo con nuestro Padre celestial, con su Espíritu
Santo y con su Hijo amado, nuestro Señor Jesucristo y sus millares de
huestes angelicales y naciones de mundos del pasado, redimidos para
nuestro nuevo reino celestial, ¡gracias a la sangre expiatoria de
nuestro Salvador Jesucristo!
Y, nuestras oraciones son las mismas de siempre, que se sigan gozando
y alegrando mucho cada día, como Dios manda, con su palabra santa, la
Escritura, para gloria y honra de nuestro SEÑOR y de su Hijo
unigénito, nuestro Señor Jesucristo, todos ustedes y en todos lados
también. Si, somos victoriosos sobre la muerte de Satanás, gracias a
la sangre bendita, sacrificada y expiatoria de nuestro Salvador
Jesucristo, ¡el Hijo de David!
Nuestros corazones están como siempre juntos en el Espíritu de nuestro
SEÑOR con cada una de las familias de las víctimas del aparatoso
accidente aéreo de Spanair en Barajas, Madrid. Nuestras condolencias y
amor son para nuestros hermanos españoles y demás nacionalidades, de
las cuales sufrieron también la desaparición de sus muy amados. ¡Amén!
El amor (Espíritu Santo) de nuestro Padre celestial y de su Jesucristo
es contigo.
¡Cultura y paz para todos, hoy y siempre!
Dígale al Señor, nuestro Padre celestial, de todo corazón, en el
nombre del Señor Jesucristo: Nuestras almas te aman, Señor. Nuestras
almas te adoran, Padre nuestro. Nuestras almas te rinden gloria y
honra a tu nombre y obra santa y sobrenatural, en la tierra y en el
cielo, también, para siempre, Padre celestial, en el nombre de tu Hijo
amado, nuestro Señor Jesucristo.
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